Recen a Santa Bárbara o algo
Para acabar con el disidente, con el enemigo, con el competidor, nada hay mejor que dividir sus fuerzas. Eso, o promover la traición. Ahí tenemos el edicto de Augusto, una orden en la que el emperador reconoce la traición de los Susarros y les premia con inmunidad y tierras. Nada nuevo bajo el sol. Lo que resulta alucinante es que los haya que se suiciden sin más ni más. Como nosotros. Supongo que se trata de la nostalgia del légamo pero en plan pueblo, porque eso es lo que somos después de un siglo, un poblacho. Regresamos al punto de partida, en un bucle que tiene más de determinista que de melancólico, arrastrados por la indolencia, el derrotismo y la idiocia. Se acabó el carbón, aunque desde Valladolid continúen representando una tragicomedia que cada vez adquiere más tintes de pantomima. Les ha costado cuarenta años, pero lo han conseguido. Y la hazaña tendrá que estudiarse en los libros de estrategia. Podría titularse el Sun Tzu cazurro y explicaría la manera de provocar el suicidio de un pueblo a través de la división, las prebendas y el miedo. Perdemos la única empresa que teníamos, perdemos población, perdemos peso político y, a fuerza de perderlo todo, hemos alcanzado la irrelevancia, la única estación a la que podemos aspirar, ahora que ha quedado claro que el cul de sac es mucho más que una expresión. El presidente Herrera dibuja un mundo paralelo en las Cortes al hablar del plan logístico de León, una entelequia que esconde, de nuevo, el empeño por aupar una región a expensas de otra. Nada ha cambiado desde que el profesor Lago lo denunció. Va para ocho años ya. Porque si miramos el mapa con el que se vende la estrategia logística de la comunidad, la región continúa descuadrada, desenfocada frente a la potencia de Valladolid como encrucijada de todo. Ahí seguimos, con Torneros parado, con un cártel de intereses apostando por el corredor atlántico. La nostalgia del légamo, el determinismo, el sentimiento de derrota y fatalidad. Con todo eso juegan desde hace cuarenta años, y con la esperanza, la fe del niño, la última baza de una población anestesiada y envejecida, que aquí ya sólo desembarcan para visitar geriátricos y casas de caridad. Nos queda rezar a Santa Bárbara o esperar y que nos metan en el vientre negro de la montaña. Entonces sí, podrían cerrar la mina para siempre. Y la provincia.