TRIBUNA
El azote de la demencia
E l reto sociosanitario del siglo XXI son las enfermedades cerebrales siendo la demencia una de las enfermedades más graves en salud pública y con mayor impacto social, sanitario y económico.
La razón principal de esta epidemia se debe a que hoy se vive mucho más, gracias a los avances de la ciencia pero nuestro cerebro a pesar de su plasticidad no lo soporta y por ello el número de personas afectadas de esta dolencia esta siendo enorme como consecuencia del envejecimiento de la población, aunque algunos santones de la comunidad científica se empeñan en dogmatizar y aseverar que el envejecimiento será una enfermedad curable y que la muerte será opcional en un futuro muy próximo.
Tales ‘dogmas’ existentes, además de simplistas, son pura ciencia ficción, un fraude y una gran falacia, pues aun nos queda un largo camino que recorrer para comprender el funcionamiento del cerebro.
Para entender la demencia tenemos que verla como una discapacidad intelectual e intentar, como se hace con las personas con una discapacidad física o intelectual, que su vida mejore. Tenemos que conseguir que nuestros pacientes se sientan a salvo, que su mundo sea sencillo y que hagan cosas que les gusten porque, si se sienten bien con ellos mismos, entonces no estarán ansiosos ni estresados y si satisfacen sus necesidades, sus gustos y sus hábitos, entonces el mundo les parecerá un lugar agradable y cómodo.
La demencia no es considerada una enfermedad en sí, porque en realidad, es el resultado de tener una enfermedad cerebral, y existen mas de cien tipos de enfermedades cerebrales, así una serie de enfermedades producen cambios de humor, problemas de memoria, desorientación, dificultad para pensar, etc.
De todas formas, no deja de ser una dolencia terrible y cruel pues priva al que la padece de la capacidad de comprender lo que otros dicen y de la capacidad de contarles a los demás cosas de uno mismo porque la enfermedad destruye también el lenguaje.
La persona afectada no puede recordar, ni pensar, ni hablar y si ademas el diagnostico se hace tarde, mal y nunca como es habitual en la gran mayoría de los casos, nos encontramos que el paciente es arrastrado y llevado a una crisis sin poder conocer sus necesidades, terminando en un hospital y como consecuencia de ello recibiendo una asistencia muy precaria ya que no puede decir ni aportar nada de que es lo que quiere, que tratamientos desea y cuales no, etc.
Lo inquietante de todo esto, es que la demencia está aumentando de manera exponencial. Se habla ya de «catástrofe humanitaria». El crecimiento está siendo una auténtica marea, por ello, necesitamos estar mejor preparados y la mejor manera de estarlo es diagnosticar convenientemente a toda la población afectada y así poder vigilar su asistencia, previniendo de esta manera la crisis y aunque las cifras son enormes, podremos tratar de controlar los costes socio/ sanitarios.
Ante este escenario, cabe preguntarse si existen señales de aviso para detectarla. La única señal real es que se olviden los nombres de las personas que se quieren, o que no se reconozca a personas que son muy relevantes para el enfermo o cosas simples como no darse cuenta de la hora que es, etc.
Con la demencia, las cosas cotidianas de la vida se convierten en un problema, así que esa seria la señal; no poder hacer cosas que siempre le parecieron sencillas, normales y cotidianas, siendo la familia quien puede con mas facilidad percatarse de que algo esta pasando y sugiera a la persona afectada que acuda al especialista, pues es la familia la que le ve cada día, sabe como actúa, sabe que se le olvidan las cosas, etc.
Nosotros lo que debemos de hacer es escuchar a la familia además de intentar ver detrás de las palabras del paciente, pues se tiende a creer que lo que dice una persona con demencia carece de sentido, pero no es así. Puede que no lo entendamos, eso sí. Hay que enseñar a la gente que detrás de una persona con demencia sigue habiendo una persona, detrás de los errores, de los olvidos, hay alguien. Por eso, lo más importante es ver tras sus palabras.
No es fácil, pues asimismo persiste hoy día el estigma social, siendo la razón fundamental por la que este tipo de enfermos no acudan al neuropsicólogo, ya que sienten vergüenza a la hora de admitir que algo no va bien en su vida.
¿Cuando habrá un tratamiento para la demencia? Actualmente no existen las panaceas milagrosas ni recetas curativas que sean capaces de frenar en los pacientes con demencia la degeneración de sus neuronas y menos de recuperarlas. La verdad es que estamos muy lejos de que aparezca en el mercado un fármaco eficaz contra la demencia por la cantidad de tiempo que se lleva investigando sin ningún resultado.
Sin embargo, muchos profesionales de la Neuropsicología clínica, hemos constatado que tanto los programas de psicoestimulación cognitiva y sensorial así como las técnicas de modificación de conducta y de psicoterapia que venimos aplicando, producen beneficios mas amplios y completos en estos enfermos que los medicamentos actuales ya que estos producen mas daños que beneficios.
Es una evidencia científica y no un dogma de fe que las técnicas nueuróbicas y las terapias no farmacológicas (TNF) aparte de mejorar el rendimiento del cerebro mejoran de forma relevante la vida de nuestros pacientes siendo más eficaces que los fármacos actuales. Las TNF tienen un abanico muy amplio de efectos clínicos positivos, toda vez que aumentan la calidad de vida de estos enfermos e impiden el desarrollo de la demencia. Así, mejoran la cognición, el estado de ánimo y la conducta, reduciendo la carga de los cuidadores además de disminuir el coste económico de los cuidados.