Fajas y boxers
En El cuaderno gris, Josep Pla cuenta cómo después de nuestra guerra civil se produjo una revolución vestimentaria: aparecieron los calzoncillos cortos y se abolió el uso femenino del corsé. A la gente, además, le dio por leer novelas policíacas. Todo ello, sumado, le sugería al escritor ampurdanés el advenimiento de una sensibilidad más grosera, como menos literaria y falta de estilo. Este tipo de apreciaciones de detalle, que abundan en la obra de Pla, son materia prima para los historiadores, al menos para aquellos que se ocupan de la evolución de las costumbres. Para el lector atento, muchas veces dicen más que la página perfecta flaubertiana, incluso más que la actualidad, pues al cabo el brillo literario y la verdad residen en el pormenor.
Hará un par de años, nos ocupamos aquí del medio slip o «penekini», la revolución en bañadores masculinos que se anunciaba como el súmmum para la temporada estival. No alcanzó el éxito, quizá por indefinición, ya que no estaba claro si se iba medio desnudo o medio vestido, y quedó como una extravagancia simpática más. Aunque digna de figurar en cualquier catálogo ochentero junto a las melenas cardadas y las muñequeras de clavos, careció de relevancia estadística y se quedó como materia ideal para el No-Do televisivo de nochevieja de dentro de un cuarto de siglo o así.
Si, al modo de Pla, tratamos de definir los modos y maneras de nuestra época, deberíamos señalar que durante «el año de las investiduras» han vuelto las fajas y que los calzoncillos cortos, que nunca se fueron del todo, aunque perdieran el burladero, se baten en retirada ante los boxers, a los cuales la juventud considera una prenda exterior y casi de abrigo, para lucir sobre los lomos, que al menos tapan esa descorazonadora visión que es la hucha masculina, la cual gozó de gran visibilidad en los primeros lustros del milenio, durante los que no se alcanzó a hallar una combinación menos carcelaria para acompañar a los pantalones caídos que se pusieron de moda. El cruce entre la faja y la ropa interior femenina dio lugar a un nuevo híbrido viable pero como salido de un laboratorio de la extinta Unión Soviética o un horno de fundición: la braga-faja. Su sonoro nombre, al leerlo, a mí me recuerda que tengo que pedir hora al oculista.