Diario de León
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SILUETAS gonzalo ugidos
León

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A la luz de los últimos resplandores del cabo de vela del 2016, toca hacer balances, que suele ser una forma segura de abismarse en la depre. Como la política nos ha deparado más duelos y quebrantos que otra cosa, mejor mirar para otro lado, a algo que no nos amargue más la entrañable Navidad.Yo lo que veo son tatuajes por todas partes. El líder de IU Alberto Garzón se ha tatuado un firmamento en la espalda; a Elena Valenciano se le la posado una mariposa en el brazo; Kichi, el niño rockero de Podemos, lleva un emblema de AC/DC; Cristina Cifuentes evoca los momentos estelares de su biografía en distintos lugares de su cuerpo. A falta de otros consensos básicos, se ve ahí uno costumbrista que promete, porque como dijo el poeta no hay nada más profundo que la piel.

Spencer Tunick se ha abierto un hueco en el mundo del arte con fotografías de multitudes desnudas. Vistos así, en masa, todos los cuerpos parecen iguales como si no fueran de cada uno de ellos, sino de la especie. Pero si hay algo que tenemos del todo en propiedad, es el propio cuerpo. Para poseerlo del todo, nada como tatuarlo. Solo así lo rescatamos de la especie. Nada nuevo, el descubrimiento de los restos del hombre del hielo Ötzi en el año 1991 con más de cincuenta pinturas en su cuerpo es la prueba de que el tatuaje existía en los orígenes.

Contra la luminosidad del avance hacia lo nuevo oponemos la regresión hacia la oscuridad de lo arcaico, la vuelta a lo ancestral como refugio ante el vértigo, la amorosa placenta del mito frente a las insidias de la razón. El microfenómeno que observó del capitán Cook por primera vez en los tatau de Polinesia y marcó el inicio de una fascinación mundial, se ha convertido en fenómeno global, tan común y visible como los jeans, los T-shirts y los sneakers. De ritual simbólico en tribus del mundo entero, hasta su uso como estigma de castigo —como los esclavos romanos o el código negro que en Francia marcaba a las lumis— la pulsión de ilustrar la piel para estigmatizar el cuerpo o apropiárselo se ha vuelto ecuménica. Ahora que el tatuaje es universal, lo misterioso se entrelaza con lo banal, el rostro público con el secreto privado, lo más extraño con lo más familiar. Hay tatuajes inspirados en el trauma y la angustia pero también en la pasión por los espárragos verdes.

Con sus propias corrientes y maestros como el gurú francés Tin-Tin, el japonés Horioshi o el estadounidense Jack Rudy, lo que fue rito o castigo es un arte definitivamente vivo, como la piel que le sirve de soporte frente al lienzo inerte. En tiempos de fatales ataduras, el tatuaje es el último distintivo de autodeterminación. No hay otra salida.

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