Estado indolente
El hecho no debería pasar inadvertido: la Comisión Europea expedientó a España por no sancionar debidamente a Volkswagen, que engañó a sus clientes al enmascarar las emisiones de los automóviles que vendía, por el procedimiento de falsear las pruebas de homologación realizadas por las autoridades de los distintos Estados. De esa manera, el Estado español, lejos de defender a los consumidores de las marrullerías de la gran industria, hizo la vista gorda. Parece que nuestro país no quiso enemistarse con los fabricantes de automóviles, que son vitales para nuestra economía. Volkswagen, no sólo es propietaria de Seat sino que tiene su propia planta en Landaben, en Pamplona, donde actualmente fabrica el Polo. La explicación, aunque verosímil, es indecente porque, ya se sabe, en democracia el fin no justifica los medios, y no cabe argumentar que conviene que nos callemos para que el capitalismo europeo no nos coja ojeriza. Lo ocurrido es indolencia de Estado, un comportamiento que podría sin duda englobarse en el capítulo de la corrupción, y que dice muy poco de la calidad y la moralidad de nuestros políticos.