Diario de León
Publicado por
RÍO ARRIBA MIGUEL PAZ CABANAS
León

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C omo todo en esta vida, el problema no es que haya personas que ejercen de verdugos o parásitos, o tipos que obedecen ciegamente las órdenes de sus superiores, sino que exista un sistema que lo garantice y lo perpetúe. Ahí está ese funcionario de la Diputación de Valencia que lleva diez años fichando sin poner un pie en la oficina, dedicándose, mientras tanto, a gestionar un lupanar y a editar cómics aberrantes donde una fallera semidesnuda se enfrenta a las fuerzas del mal utilizando naranjas explosivas. Un amigo mío dice, sin embargo, que siendo este un caso de juzgado de guardia (o de película de Berlanga), peor aún es el de una funcionaria de Sevilla, que en los últimos años ha conseguido enchufar a una veintena de amistades, familiares y conocidos…con la connivencia o la complicidad de las autoridades municipales.

Pudiera parecer que estas cosas solo suceden más allá de Despeñaperros, pero hasta el más tonto sabe que en los Ayuntamientos, las Diputaciones y las Consejerías de medio país esto es el pan nuestro de cada día. Auténticas sagas familiares pululan por las moquetas de los despachos públicos, muchas veces cobrando sueldos alucinantes, sin mayor mérito que ser hijo, cuñado o amante de tal o cual político.

Luego están, claro, quienes han accedido a su plaza tras superar unas oposiciones exigentes y acompañadas de numerosos sacrificios, y que en muchos casos asisten perplejos a tanta desfachatez. Pero, lamentablemente, no es menos cierto que el sistema, que no se rige precisamente por los principios de la eficiencia y de la evaluación, permite en ocasiones que en el seno de la administración viva algún bellaco y algún caradura. Cuando no auténticos sociópatas que utilizan su rango y su posición para trastornar la vida del prójimo. Yo tengo visto en una oficina leonesa de la Seguridad Social a un personaje que, vestido con una chupa de cuero, podría haber pasado perfectamente por una oficial de la Gestapo, y a un enfermero del Hospital de León que no hubiese desentonado entre los sicarios que trabajaban a las órdenes de Videla.

El asunto, pues, no es que haya un pequeño número de degenerados, pelarruecas, tarambanas y patanes entre los funcionarios españoles, como seguramente los haya en Filipinas y Guatemala (sospecho que ha de haber menos en Noruega), sino que la inercia de las instituciones y la laxitud de los reglamentos consientan que estos perduren y campen a sus anchas. En la oficina de Correos de Espacio León hay una funcionaria cuya amabilidad y paciencia resultan conmovedoras: seguramente ella, que hace su trabajo con una diligencia exquisita, ni siquiera es consciente de que representa lo más inspirador y admirable de la función pública.

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