Diario de León

EL BAILE DEL AHORCADO

Un lazo en la coleta

Cristina Fanjul
León

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Han desembarcado los partidos de la nueva política en escena y nos han demostrado lo que ya sabíamos, que cargan con el mismo fardo de usos y costumbres que los de siempre. Lo malo de la representación es que hemos descubierto demasiado pronto que el rey va desnudo, que los vicios de lo público, los intereses creados para controlar los resortes del poder, que la razón de eso que en España se llama —la sombra de Francia es alargada— Estado son demasiado poderosos como para que la novedad no vaya más allá de una pose, de una corbata con tejanos, del lazo de una coleta. La calle va por terrenos más pedestres. Demasiado deprisa, supongo, que lo importante no es saber si somos liberales o socialdemócratas, si las barricadas se defienden mejor desde la transversalidad o la dialéctica del matasiete, no. No hace falta redefinir los conceptos para conocer los problemas y analizar las soluciones. Cuando tengo hambre, como, cuando tengo frío, me cubro... y así.

En realidad, las palabras dan un poco igual cuando se tiene la voluntad de cambiar la realidad. Esto es como el huevo y la gallina. ¿Cambia la realidad a golpe de palabras o son las palabras las que se modifican cuando se generan nuevos mundos? Esto daría para mucho, pero yo creo que el método va más por el segundo camino. La historia nos demuestra que no es hasta que las cosas aparecen que alguien se apresura a definirlas. Lo contrario sería jugar a ser Dios, pequeños demiurgos con la capacidad de adelantarse al futuro, de crearlo. ¿Para qué queremos palabras que no significan nada? Para eso están los poetas, supongo, que son los que abren la senda a lugares que aún siquiera hemos atisbado. Pero los políticos no son poetas, ni quieren serlo. Se pasa frío cuando con lo único que juegas es con palabras. Así que ahí están, los salvadores que llegaban inmaculados, limpios de polvo y paja, y resultó que ya les conocíamos, que se mueven con los mismos instintos e iguales inercias.

Hubo un tiempo en el que parecía que estábamos en el ojo del huracán. El silencio de la incertidumbre lo abarcaba todo. Hubo algunos que creyeron que ese desasosiego intelectual serviría para que las palabras ocuparan por fin su lugar real entre los significados. Lo malo fue despertarse y saber que el vendaval se llevó a Dorothy a Oz. Una vez más.

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