El carisma del bueno
A lo largo de los años he escrito muchas veces acerca del carisma. No porque le conceda importancia, sino por considerarla característica sobrevalorada. Se tiene o no se tiene, como las orejas grandes o las pequeñas. El carismático asiste a una fiesta y todo el mundo recuerda que estuvo. Quienes no lo somos necesitamos para que se nos recuerde haber contado un chiste tan malo que provocó jamacucos. Trump tiene carisma, imposible olvidar a alguien cuyo pelo brilla como un anuncio de neón y su corbata se divisa desde una estación espacial. Imposible también olvidar que dijo lo que dijo, aunque hubiera sido mejor que se mantuviese callado. ¿Era Hitler carismático? Sí. Más le hubiera valido al mundo que no lo fuese. Hace días tuve una agradable conversación en la calle con el político socialista Francisco Álvarez, ya retirado de la actividad pública, aunque no de pensar. Dejó en todos un buen recuerdo. Estuvimos hablando del liderazgo. Él consideraba que Rajoy lo está haciendo bien como líder, bajo una engañosa apariencia de falta de carisma personal. Estoy de acuerdo. Su éxito en las urnas se explica, entre otras razones, en comunicar «sensatez» frente a lo extremo.
Iglesias, quien tanto despotrica de la casta política, representa un liderazgo a la más antigua usanza egotista. Nos lo podemos imaginar ensayando ante un espejo A Rajoy, no. Ni a Javier Fernández, presidente de la Comisión Gestora del PSOE. Y por ello, creo que este socialista está cumpliendo con eficacia, también bajo una apariencia de no carisma, su reto de encajar bolillos. En cualquier partido lanzas una piedra y no hay suficientes tiritas para tanto ego descalabrado. Mejor, pues, así. Ya en el siglo XVII, Francis Bacon denunció que nada hace tanto daño al Estado como «hacer pasar por inteligentes a los astutos». Dañino error. Al hilo de lo escrito, tampoco confundamos al político de yo estridente con quien de verdad está dotado para liderar.
No hay mejor carisma que el se diluye en el respeto al otro, sea compañero o rival. Es así como tal singularidad se convierte en útil para la sociedad, no en mera catapulta para el medro personal del interesado. En definitiva, no hay mejor carisma político que ser buena persona.