Diario de León

Publicado por
Jesús María Cantalapiedra ESCRITOR
León

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R esultaría imposible concebir una sociedad, una civilización, sin que sus componentes hubieran podido comunicarse entre sí. La comunicación ha significado un concepto sustancial para que, en principio, los poderosos contaran con medios imprescindibles para transmitir órdenes, nombramientos y ceses, tácticas de ataque, ejecuciones, propuestas y declaraciones de amor o relaciones comerciales. Popularmente se dice que el primer imperio que lo utilizó regularmente fue el romano aunque, mucho antes, babilonios y egipcios ya empleaban los imprescindibles mensajes y misivas de corte militar y estratégico para hacer cumplir deseos benefactores para el remitente o maligno-incómodos para el destinatario. Los portadores de las buenas o malas nuevas se desplazaban andando o a caballo. Posiblemente en aquellas épocas comenzó a crearse una interesante actividad a la que más tarde dio en llamarse espionaje: se acuchillaba al portador, el enemigo del expedidor se enteraba del contenido y tomaba las medidas oportunas.

Pero, todos estos medios de comunicación eran cosa de mandatarios de alta alcurnia. El correo ordinario, vulgar, comenzó a utilizarlo el pueblo cuando se instalaron las paradas de postas (casi ayer). De ahí el llamado correo postal, creo, que solía transportarse con caballos, mulas u otras bestias en jornadas de 24 horas. Total, que no podían disfrutar de la nunca bien ponderada rapidez que hoy disfrutamos. ¡Que manía con la velocidad, para enterarte de que existen Soria y León, o que Piluca tuvo mellizos en Calatayud!

Pronto, reyes, virreyes y demás familia, se dieron cuenta de que el correo postal era un momio económico y ellos se hicieron cargo del necesario servicio. En la actualidad, una vez presente la informática entre la maraña de la comunicación, se les fue de las manos al aparecer redes sociales y sus correspondientes WhatsApp, SMS, Twitter, ´memes` y una extensa plaga de medios para relacionarse mujeres, hombres y niños que aún no han hecho la Primera Comunión. ¡Qué horror!

Personalmente soy usuario de estos instantáneos medios de información y recepción, pero, sobre todo los WhatsApp han llegado a causarme dolor de corazón, tibias y peronés. En lo sustancial, por el ingente número de los recibidos. El invento es práctico en principio, pero lo que no debe permitir la autoridad competente es el abuso. Hay días que se reciben, al menos, treinta y cinco. Y lo peor: para comentar que «Zamora no se ganó en una hora» o que Trump la va a liar. Y cosas peores. ¡Más seriedad, señores whatsaperos! Hay quienes dedican varias horas del día a enviar Whats de dudoso gusto, chistes guarros repetidos, mofas y befas políticas no menos abundantes (sean unos u otros los protagonistas), versillos soeces, vulgares o escatológicos (no sobre la teoría teológica de Santo Tomás), promociones políticas de componentes de alguna red doméstica creada para otros fines, chorradas interesadas, insultos de tono más subido, y en la mayor parte de los casos con la chabacanería y la zafiedad abanderando la pantallita que Dios confunda.

Lo preocupante de toda la bazofia citada es que los autores de los contenidos son gentes con pretendido ingenio (según el caso), y los propagadores pretenden impresionar al receptor intentando hacer ver que el talento pudiera ser suyo. Y quedan tan satisfechos, haciendo gracias de las que están desposeídos.

Resumiendo, señores y señoras whatsaperos: ¿les parece poca ordinariez la que se pulsa y sufre en la calle o en el bar? Las personas (personas) están ávidas de noticias de interés íntimo, y si son graciosas o con ingenio, mejor que mejor. ¡Ah!, y basta ya de chascarrillos políticos de uno u otro signo, normalmente dirigidos por grupúsculos emboscados que no firman sus alegatos y soflamas tendenciosas de repajolera gracia. Amén.

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