Escena de desarme
Q uizá las puestas en escena ayudaron a ETA en algún momento. Pero con el tiempo los dúos y tríos de encapuchados dejaron de inspirar respeto para quedar en grotescas figuras de viñeta humorística, y el aparente conato de desarme de 2014 frente las cámaras de la BBC logró la misma lectura que tendría una pantomima de saltimbanquis. Ni los recursos de la épica son inagotables, ni se puede pretender que las artes dramáticas no hayan evolucionado con los años.
Hoy en día la sola mención de ETA fatiga, incluso entre sus simpatizantes de ataño. Por eso el anuncio del supuesto desarme del 8 de abril no ha encontrado el eco que pretendía. Solo los obligados editoriales y la atención desganada de algún que otro columnista han amplificado lo que a estas alturas apenas se queda en una anécdota. ETA estaba muerta bastante antes de que esta nueva acta de defunción viniera a certificarlo. Por muchos disfraces que se hayan querido poner a la derrota del terrorismo para mantener la moral de la tropa o sacar réditos a la «decisión unilateral» de hace cinco años y medio, la era posterrorista va discurriendo sin la presencia de la banda, lo que la deja más en evidencia, sin señal alguna de que deba tenérsela en cuenta para nada. Da la impresión de que los nostálgicos ejercen su papel más por compasión que por necesidad o por conveniencia.
Hay en la atmósfera de la comunidad más irreductible una especie de deuda difusa, de miedo supersticioso a incurrir en deslealtad o traición, de compromiso tribal que obliga a mantener el culto de cara a la galería aunque se haya perdido la fe. Bien mirado, los únicos interesados de verdad en no dar carpetazo a ETA están en el lado de la democracia, es decir, de la justicia, porque faltan por esclarecer los crímenes aún borrosos. Lo demás ya está aquí: la paz, el fin del miedo, la convivencia en una sociedad imperfecta pero razonablemente articulada no son cuentas pendientes sino realidades.
Por eso se equivocan los epígonos de ETA buscando un tratamiento publicitario del desarme. Lo que conviene al derrotado es el olvido. Sea cual sea el guión escrito para la ocasión, nada de lo que ocurra el 8 de abril lavará la cara a quien la tiene sucia para la eternidad. Antes al contrario, solo servirá para recordar a los de memoria más frágil el terror de una larga época. Si hay fotos de armas, nos hablarán de los muertos que dejaron y no de la magnanimidad de quienes las han abandonado. Si las entregan personas, no veremos en ellas a sedicentes «artesanos de la paz», sino a unos comparsas haciendo un papelón ridículo.
Si hay declaraciones, sonarán con el acartonamiento de los habituales comunicados que ya pocos leen y nadie analiza. No obstante, también las narraciones de zombies tienen su público. No hay que despreciar las oportunidades que se nos presentan para echar unas risas.