cuarto creciente
El síndrome de Oswald
El periodista Javier García Sánchez llama síndrome de Oswald a una enfermedad mortal e invisible que se cierne sobre Occidente desde el asesinato en Dallas del presidente John Fitzgerald Kennedy. Es una dolencia que corroe la democracia, el dolor de la impunidad, porque —y es la tesis que defiende en su ensayo Teoría de la Conspiración. Deconstruyendo un magnicidio. Dallas 22/11/6— JFK murió víctima de un golpe de Estado planificado desde dentro del sistema y Lee Harvey Oswald sólo fue un cabeza de turco; algo que el exmarine en tratos con la CIA llegó a advertir a los periodistas en los pasillos de la misma comisaría de Dallas donde moriría oportunamente asesinado por Jack Ruby.
La tesis de García Sánchez no es nueva. Desde las primeras investigaciones de Mark Lane, al intento del fiscal Jim Garrison de cuestionar las conclusiones oficiales de la Comisión Warren —Oswald fue un tirador solitario— la teoría de la conspiración ha contado con defensores serios. Hay pruebas, evidencias y testimonios que demuestran que hubo más de un tirador y que la bala mortal que impactó en la cabeza de Kennedy no llegó desde la sexta planta del Depósito de Libros de Texas donde supuestamente se encontraba Oswald, sino que fue disparada desde la loma que cubre la plaza Dealey. Y medio centenar de testigos del magnicidio, recuerda García Sánchez, murieron en extrañas circunstancias en los años posteriores. Asesinados, suicidados, accidentados. Hasta uno de los médicos militares que realizó la autopsia.
Es el síndrome de Oswald, sin duda, lo que hace que todavía hoy, la mayoría de los norteamericanos prefieran pensar que un comunista de pandereta, un loco con un fusil defectuoso, mató a su presidente, porque lo contrario es el abismo.
Y en esos abismos también se adentra ahora el periodista leonés Gonzalo Ugidos, autor de Enigmas y Conspiraciones. El lado oscuro de la Historia de España. «Las crónicas son muchas veces falsificaciones», dice Ugidos, que escribe en esta misma página. Y recuerda el asesinato del general Prim, que murió estrangulado y no a balazos en la calle del Turco.
Pero no hace falta irse tan lejos. El síndrome del Elefante Blanco el 23-F o el de la X de los GAL, por ejemplo, son dos enfermedades que nos está costando curar.