Diario de León
Luis Urdiales
León

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Huir de los perros que no ladran es signo instintivo, igual que no mirarle a los ojos al tigre, evitar a los mansos y alejarse de los pobres de espíritu. Se podría añadir también zafarse del alterne con los ricos, que acaban por quitarte el dinero; o no servir a quien sirvió ni pedir a quien pidió. Ese es el manual de supervivencia que entregaban a los neonatos leoneses después de lanzarlos contra las piedras, para que se hicieran cargo, de inmediato, de que la vida venía con curvas. El perro ladrador se desenvuelve por principios de nobleza que no siempre entiende la humanidad; el mastín, por ejemplo, debería prestar su esfinge para perfilar el icono universal de la honestidad; al mastín se le puede tachar de descuidado, pero no de traidor, que pone tanto ahínco en avisar de que está ahí que, con los siglos al pie de merinas y vacadas, moldeó el registro del ladrido a ese tono de gravedad que cautiva como la voz madura de los locutores de Radio Pirenaica; hay pocas melodías más leonesas que los ladridos de mastines en los abriles de días desparramados por la cuaresma y noches encogidas por el frío, como este, con esos conciertos con eco que, salvo emboscada, son un refrendo del orden del entorno; ladra el mastín, por eso se le ve venir de lejos, por veredas y lomas, y en rara ocasión llega a aplicar el fundamento de la quijada, con una dentellada capaz de desgravar el IVA. Hay perros que ladran a la luna para fijar su posición, no vaya a desplomarse y tengan que enfrentarse en una refriega sin haberle advertido antes de las consecuencias del atrevimiento de pisar por lo prohibido. La teoría carece de certificado científico, pero resulta tan válida como la de que el can sólo ladra cuando está inseguro porque tiene miedo; y el miedo, ya se sabe, genera odio; y el odio violencia, y así, hasta desencadenar la andanada de ostias que alberga este nuevo amanecer orgánico de la política. Qué decir de la idea de no acercarse a un manso, que prescinde de pasillo y calle para la embestida; el manso, el gacho, en leonés castizo, aborda en sí mismo todo el talante de indefinición que muestra el estado medio crudo y a medio cocer. Hasta la garduña, sigilosa y nocturna, emprende la huida con sólo enchufarle un haz de luz. El problema es afrontar la reacción de los seres que respiran sigilo y bajan la mirada; los perros buscones que se te arriman y no se les conoce ladrido.

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