Diario de León
Álvaro Caballero
León

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Bajo los manzanos y los cerezos, la primavera zumba como un cerebro inmenso en el que chisporrotean las neuronas. Sólo es necesario sentarse a escucharlas. Entre las flores que penden de las ramas, esponjadas por el sol a destiempo de abril, las abejas laboran sin descanso en las ideas que llenarán el campo de colores con el trastaleo de sus patas. No hay otra sombra más rentable ahora, ni otro tiempo en el que perderse con tanto provecho como en la galbana de la tarde que mengua al abrigo de los árboles, mientras los insectos desperezan la estación al contacto con los estambres. La prisa pierde espacio cuando el silencio se llena de esos ruidos. Nada tiene más importancia que la que le otorga la costumbre del paso de los años, cuando a la hora de las últimas luces se descorre el velo de los brezos y las árgomas en el monte para prenderlo todo de una niebla cárdena y amarilla como una oración. Entonces, todavía a la vuelta del paseo en el que se avecina la chaqueta en el brazo, terciada como la muleta de un torero, alguien, como al descuido, deslizará la sentencia con la que cerrar el día: vamos para casa, que empieza a ponerse frío.

La primavera, entre san José y san Jorge, aviva los pueblos con el retorno de los vecinos trasterminantes que han hecho el invierno en la ciudad. El fenómeno del vecindario estacional concede a los núcleos rurales un espejismo con el que espantar el fantasma de la despoblación, aunque apenas dé para juntar cuatro puntos ante el tapete a la hora de la partida y un filandón improvisado al atardecer en la plaza. Un par de puertas abierta más no llegan donde las políticas públicas esconden su ineficacia de base: están pensadas por urbanitas que aportan un punto de vista condescendiente. El nuevo despotismo ilustrado de los que intentan redimir a quienes consideran paletos ahonda cada vez más la brecha entre dos mundos que apenas se dan la mano en fiestas y vacaciones. Se ve estos días con las avalanchas de turistas rurales. En ese nicho es en el que quieren meter a las poblaciones para conservarlas como si fueran ecosistemas primitivos, como reservas indias, parques temáticos de la naturaleza y el folclore, pero sin vida propia más allá del souvenir. Se olvida que son la parte fundamental de un sector primario que acabaremos por externalizar a otras zonas para que produzcan ellos y nosotros importemos a un precio superior, como ya se ve con la leche.

No se nos tenía que haber caído la boina. Ahora se ve que debajo no hay nada.

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