MARINERO DE RÍO
Alarmas
¿No sabes? Han robado en casa de Pepe», te sueltan por la radio como si acabara de estallar la guerra, y uno se siente hasta tentado de frenar el coche y de arrimarse al arcén para ponderar con calma el terrible, consternador suceso, hasta que te das cuenta de que no conoces a ningún Pepe. Por unos minutos, eso sí, no consigues sacarte el miedo del cuerpo.
Son anuncios de alarmas basados en el puro terror, y hablan de presuntas marejadas de ladrones que asaltan tu santo hogar descolgándose del techo como en las películas americanas, con brutalidad tarantiniana y sin hacer rehenes. Las frases usadas, nada sutiles, inquietan, perturban y acongojan. «¿Hay algo peor que sufrir un robo cuando has salido de casa? Efectivamente, sufrirlo cuando estás dentro». Y también: «Usted no le pondría precio a la seguridad de su familia, ¿verdad?» (yo no, pero ustedes seguro que sí). Todo además pronunciado no por un actor publicitario cualquiera sino por voces y rostros prestigiosos, notorios, influyentes; periodistas que narran las noticias en televisión, locutores o ese arquetipo del crédito —aunque luego no den ni una—, especialmente en ciertas franjas de edad: el hombre del tiempo. De pronto, el menda del que te fías a la hora de irte o no a la playa te cuenta una historia tipo Funny Games sobre que en casa de los López «entraron pero tuvieron suerte, aunque la familia García no tuvo tanta cuando les robaron, ya que estaban dentro…», y a uno se le pone a centrifugar el cráneo (¿pero qué diantres les pasó a los García, por el amor de Dios?). Ahora anuncian una alarma que avisa a las autoridades «antes incluso de que entren» —¿les leerán el pensamiento, se adelantarán en el espacio-tiempo, como en Minority Report?—.
Son zafios y engañosos recursos al miedo, ese que tantos réditos económicos y políticos está procurando, pero hasta ahora no he oído alertar con la misma contundencia, con el mismo ardor descarnado, sobre peligros infinitamente más reales y letales que los cacos, los terroristas o los bárbaros extranjeros que acabarán con nuestra civilización: el consumo desaforado y tóxico de sal, azúcar y ponzoñosos alimentos industriales, la polución galopante... y el estrés, el emperador de los criminales silenciosos.