cuerpo a tierra
Provincia muda
Somos la provincia más adocenada, acomodaticia y resignada de la Península. No lo digo yo, sino un estudio sobre el pasado año donde aparecemos en el podio de los menos protestones, rebeldes y defensores de lo suyo, únicamente superados por las afortunadas islas de Santa Cruz de Tenerife, que igual resulta que no se quejan porque son una porción del paraíso. No caeré en el cuñadismo de decir que se veía venir, pero creo que tampoco sorprenderá a nadie porque la sospecha flotaba en el ambiente desde la quiebra de Everest, que se hundió con las mismas estúpidas ínfulas que el Titanic, y el cierre de la minería, que al menos se nos fue dejando un olor a pólvora y salvando algunos puestos de trabajo.
Somos una provincia muda y yo me he acordado de un amigo del pueblo, que la mañana de los domingos saludaba preventivamente así: «la gente ve lo que bebo, pero no la sed que tengo». Algo semejante nos ocurre: los otros ven cuánto callamos, mas no nuestros motivos. Uno esas razones las desconoce, claro, pero las puede imaginar, incluso contradictorias entre sí: callamos para no salir en las noticias, para aparecer en memorias como esta, para que no nos conozcan, para que venga el turismo… ¿O, simplemente, somos un pueblo feliz, satisfecho de su lugar en el mundo? Igual persistimos en esa tenaz mudez porque estamos inmersos en esa «demotanasia» o eutanasia demográfica de la que habla Paco Cerdá en su estupendo y doliente ensayo «Los últimos». Silencio —grita el director—, estamos creando despoblación.
He aquí el dato: en León se produjeron un 92% menos de protestas sociales durante 2016 que en 2015. Se trata de un estudio dividido por provincias, porque si fuera por autonomías tampoco estaríamos tan mal colocados, ya que en Valladolid crecieron un 504% las movilizaciones. «Protestar es algo costoso», dice un sociólogo, pero otra conclusión que se puede sacar es que la gente prefiere hacerlo donde les pueden hacer caso, allí donde está el poder. Valladolid, pese a quien pese, ya es el rompeolas de todas las regiones de esta comunidad. Nos puede quedar el consuelo del sosiego y la calma en las calles, la esperanza de que se haga oír nuestro silencio de desierto. Y la sospecha de que la nuestra sea la tranquilidad de los cementerios o del geriátrico.