TRIBUNA
Origen y razón de las cabezadas

C erca del mediodía, anunciado por el clarín y el timbal, el Corregimiento, «en forma de ciudad», llega a las puertas de la Basílica del Doctor de las Españas. Porta el Pendón Real de León. Y lleva consigo un cirio de arroba, miniado con la imagen de San Isidoro y el escudo de esta antigua capital del Viejo Reino, así como dos hachas de cera. Unos minutos antes, otras dos de éstas ha entregado en concepto de limosna a la iglesia de San Marcelo, que han sido recibidas por el párroco de esta feligresía en el acceso sur del citado templo.
Minutos antes de las doce de la mañana, el Cabildo de San Isidoro se sitúa ante la Puerta del Cordero, arropado por las damas y caballeros que integran la Muy Ilustre, Real e Imperial Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro, fundada en 1147 por el emperador Alfonso VII, a raíz de la rendición de Baeza el 25 de julio del referido año. Después, a requerimiento de los emisarios municipales, el abad isidoriano va al encuentro de la Corporación legionense. Llevados a efecto los saludos protocolarios, el corregidor y el predicho dignatario eclesiástico se dirigen cogidos del brazo al claustro procesional, escenario de la tradicional ceremonia, seguidos por ediles y canónigos que, intercalados, se encaminan en busca del mismo destino.
En aquel espacio claustral, con las dos representaciones en el centro, frente a frente, ante las autoridades civiles, militares y académicas, y un gran número de leoneses como testigos, se inicia propiamente el acto. El síndico municipal, en sus tres intervenciones, sostiene con firmeza el carácter de dádiva que tiene la oferta del pueblo leonés. El capitular, en cambio, en sus tres alocuciones, defiende a capa y espada que la entrega en cuestión representa un foro, esto es, una obligación, y que como tal lo recibe el cabildo isidoriano. No hay acuerdo. Nunca lo ha habido. Y con el clásico «tengamos la fiesta en paz», lo mismo el síndico que el capitular ordenan a sus respectivos secretarios que levanten acta de los hechos. Luego, el alcalde de León hace entrega al abad del cirio y de las dos hachas.
Seguidamente, se celebra la Eucaristía. Finalizada ésta, llega la hora de la despedida, es decir, el momento más original de esta ceremonia, cívica y religiosa en idéntica medida. Son las clásicas Cabezadas, tres notables reverencias que conllevan profundas inclinaciones del cuerpo y de la cabeza, tres nobles muestras de respeto y cortesía, la última de ellas con la mano en el corazón, que eclipsan las diferencias sostenidas. Y así, entre el regocijo popular, el Corregimiento regresa a las Casas Consistoriales y el Cabildo Isidoriano a su claustro.
Los orígenes de esta tradición se sitúan en 1158. Entonces, la sequía asolaba los campos leoneses. Y para remediar esta calamidad, nuestros antepasados sacaron en rogativa los restos de San Isidoro, Patrono del Reino de León. El cortejo llegó, «casi dos millas fuera de la ciudad», exactamente a Trobajo del Camino, donde los presbíteros portadores efectuaron un descanso. Y allí hizo acto de presencia la lluvia en tal grado de abundancia que ni los mozos más fornidos fueron capaces de levantar las andas de las sagradas reliquias cuando quisieron reanudar la andadura, atolladas como estaban en el suelo.
El sucedido llegó a oídos de Doña Sancha, hermana del emperador Alfonso VII. Y, según refiere Lucas de Tuy, (Milagros de San Isidoro , capítulo XLI), «al tiempo que así vino la reina, (se refiere a la predicha Doña Sancha, tía de Fernando II, a la sazón monarca reinante), la comunidad y vecinos de la ciudad de León hicieron juramento solemne de nunca más sacar el cuerpo santo de su iglesia, si él tuviese por bien de ser tornado a ella (…) y los pueblos vecinos todos los que allí estaban prometieron para cada año para siempre jamás cierto censo a San Isidro, si como es dicho quisiese ser tornado a su iglesia».
Y añade el Tudense: «así como la reina con sus manos tocó las andas en que estaba el santo cuerpo, luego se movió de aquel lugar, y todos tuvieron tan temor y se espantaron de verlo, y por voluntad e inspiración de nuestro Señor se llegaron luego allí cuatro niños chiquitos y levantaron las andas, las cuales cuatro hombres muy valientes, apenas podían levantar…». Y, a mayor abundamiento, el canónigo isidoriano señala lo siguiente: «En aquel lugar adonde así el cuerpo santo se había querido detener, hicieron los pueblos una devota ermita a honor del glorioso confesor, que se dice San Isidro del Monte, donde muchas veces suelen ir las gentes en sus necesidades a pedir la misericordia divina por los méritos e intersección de San Isidro, y consiguen efecto de sus peticiones».
En términos de síntesis, hasta aquí el origen y la razón del Foro y Oferta que la municipalidad leonesa y el cabildo isidoriano defienden, cada uno según sus convicciones, sin concesión alguna.
La ceremonia, conocida popularmente como ‘Las Cabezadas’, se celebrará mañana, último domingo de este mes de abril. Hoy tendrá lugar el hermanamiento de Baeza y León, dos ciudades vinculadas desde hace 870 años por importantes y significativos lazos históricos, donde la figura de San Isidoro ocupa lugar de preeminencia y brilla con luz propia.