Diario de León
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ERNESTO ESCAPA
León

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Esta primavera se cumplen los 70 años de la llegada a Primout como maestro del poeta Ángel González (1925-2208), que había recalado cuatro antes en Páramo del Sil, donde era maestra su hermana, para cuidar sus dolencias pulmonares. Su paso de unos meses por Primout convirtió a este mínimo pueblo berciano en trasunto literario de lo remoto y umbrío, como recuerda Carlos Barral en sus memorias. Un territorio abrupto, depositario de la magia benetiana de Región. El valle, una cuña a espaldas de Sierra Gistredo, «es tan hondo y estrecho, que el sol sólo lo baña en verano durante un par de horas». Ángel González llegó a Páramo con la madre viuda, para recogerse con su hermana Maruja, maestra del pueblo. Viven encima de la escuela, en el edificio que es ahora un centro cultural que lleva su nombre. Dos años antes, para concluir el bachiller, le había desbrozado la senda del latín José Rodríguez, el hermano de Casona. En Páramo recibe durante tres años el recado poético de sus amigos asturianos, que se acercan a compartir la nochebuena de 1944: los Taibo, Canal y Lombardero.

Cuando se repone un poco de los achaques pulmonares, emprende los paseos y excursiones hasta la botica de doña Ninfa, donde conoce al médico de Fornela Lodario Gavela Yáñez, que está sembrando el valle ancarés de escuelas, mientras apacigua el dolor de la gente con sus cuidados. Lodario baja a Páramo en caballo desde Trascastro, a tomar el tren para Ponferrada. A veces las expediciones se prolongan hasta León o Valladolid, mientras otras se cubren de silencio, como sucede cuando tiene que acudir al refugio de guerrilleros enfermos o malheridos que ha instalado en Prado de Paradiña. El joven poeta hace los exámenes para maestro y toma posesión de la escuela de Primout, que acaba de dejar la maestra titular, doblegada por el pánico, como poco antes le sucedió también al cura.

Aguantará hasta el verano y se reparte el sueldo con ella. Ya en Oviedo, le llegará con retraso la noticia de que la brigadilla de Ponferrada abatió al médico Lodario Gavela en las curvas de Cariseda, desde donde su caballo volvió solo a casa. La única atracción de Primout para los forasteros fue entonces «un gran bosque de abedules que periódicamente excitaba la codicia de los madereros» y los arruinaba con las dificultades de acceso. Los versos de aquella estancia berciana expresan el despertar de su pasión, la constancia del frío y el ‘Imposible abril’ que huye, «dejando sólo el aroma leve de lo nunca alcanzado». Cuando la televisión dedicó un programa a sus paisajes fundacionales, Ángel González volvió a Primout, contradiciendo al pedáneo Roque, testigo de su primer adiós, mientras «lloviznaba nieve y un lobo trotaba con una oveja entre los dientes».

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