cuerpo a tierra
Dos merecidos homenajes
Lo dijo hace no mucho un académico de la Lengua: «se vive mucho de lo oído y poco de lo leído». Lo oído —piensa uno— incluye todo lo que se lee en plataformas sociales, cuanto se ve en vídeos virales y fotochanzas, lo que se picotea en las pintadas de tinta azul del Twitter. Todo eso, aunque venga bajo un formato de grafía, son palabras oídas, escuchadas en el foro o plaza pública, como quien dice al paso de un paseo por la calle. Comentarios desabrochados, carentes de contexto en muchas ocasiones, habladurías y comadreos sobre tal o cual asunto que está en el candelero. Retazos sueltos, en definitiva, no partes de una conversación estructurada: fragmentos, virutas, peladuras. Glosas sobre el reflejo apenas entrevisto en un trozo de espejo roto. Piezas sueltas de lego, imposibles de encajar porque falta el resto del puzle.
En cambio, tengo la impresión de que también hay palabras oídas que tienen el suficiente peso como para que no terminen siendo llevadas por el viento. Ideas que no deberían quedar abandonadas y huérfanas, que deberían ser atendidas, repicadas al menos en la campana de esta columna por si encuentran un eco que las permita llegar a buen puerto. Escuchadas por uno en presentaciones o conferencias recientes, merecen el altavoz de unas cuantas líneas agradecidas, así como la felicitación a quienes las pronunciaron.
La primera idea la enunció el escritor José Luis Puerto en la presentación de su poemario La protección de lo invisible. Proponía el poeta, ahora que está próximo el retiro universitario de aquel, un reconocimiento gremial al crítico del suplemento literario del Diario de León José Enrique Martínez, por su labor semanal de tantos años ocupándose de los libros de los autores de esta tierra. La otra fue expuesta por la escritora y eurodiputada Maite Pagazaurtundua en el marco del V Congreso Internacional de Ficción Criminal, organizado por nuestra universidad: repasando la literatura que se ha atrevido a afrontar el terrorismo en el País Vasco, recordó que el primer autor en enfrentar con palabras la violencia, cuando estaba ocurriendo, padeciéndola en primera persona, fue el berciano y leonés Raúl Guerra Garrido.
Como un grande, con ge mayúscula, lo definió, como escritor y como persona. Me parecen dos homenajes necesarios.
A veces, en lo oído puede estar una semilla que no se lleva el viento. O debería.