LA LIEBRE
Por San Juan
Cuando no nos preocupábamos de saber a qué hora crecía la sombra por encima de nuestras cabezas al atardecer, todos los días tenían las mismas noches a partir de la víspera de San Juan para arrebañarle con la lengua los cercos a la luna. El tiempo era un formulismo, como comer a las horas o comprar el pan, toda vez que el verano entraba por la puerta con los pies tiznados por la ceniza de las hogueras y los zapatos en la mano. Habíamos alimentado las llamas con lo que entendíamos que nos pesaba en los bolsillos de tanto meter las manos para huir del frío. Habíamos saltado tres veces por encima de ellas para convencernos de que las penas ya no tenían la fuerza suficiente para quemarnos. Y nos creíamos invencibles después de sobrevivir al fuego. Nadie nos había dicho que mañana sería un poco más corto todo. No teníamos ni idea de que los días empezaron a decrecer ayer. No éramos conscientes de que nunca volveríamos a ser tan jóvenes como hoy.
Para recordarlo, San Juan nos bautiza cada año al encontrarnos en la orilla en la que nos dormimos, resacosos al amanecer para prolongar los días sin saber si aquel domingo provenía de un sábado o un jueves. Aunque nosotros, los de entonces, ya no seamos los mismos, el solsticio nos abre otra puerta para entrar en el año por el verano con los pantalones pesqueros y el sol en los ojos. El fuego de la noche más corta nos concede una nueva oportunidad de ser lo que fuimos antes de que nos traicionásemos, antes de que olvidáramos el valor de lo que no se puede pesar, ni tiene equivalencia con moneda alguna, como la lentitud de los atardeceres o el color de las mañanas; antes de que conviniésemos las normas para no hacernos daño sin quererlo; antes de que sopláramos las brasas que habíamos alimentado de tanto reírnos a carcajadas cuando nos decían que era tarde y había que cerrar.
Pero desde este espejismo que nos traen las flores de saúco en las puertas de las casa de los pueblos de la montaña vuelven a madrugar los días y los atardeceres arrastran los pies cuando se marchan por el horizonte de los picos para dejar un rastro violeta y anaranjado. El verano se tiende como si fuera nuevo pero resulta que nos suena familiar. Quizá se trate de un déja vù que nos confunde. Estuvimos aquí antes. Vivimos esto mismo otras veces. Fue una noche de San Juan, si no me acuerdo mal.