La casa del dinero
H ace días derribaron en Ponferrada uno de los templos de la Ciudad del Dólar. Un edificio donde se movió mucho dinero en tiempos de carbón, hierro y plusvalía. La casa era verde oscuro, y fue un mito para mí y para otros niños. Porque desde la escuela de doña Lucrecia, en la calle de Diego Antonio González; desde aquel primer piso que aún existe, y cuyo interior parecía un barco lleno de niños y letras, de números y mapas, se veía, nítido y prodigioso, el íntimo fluir del dinero.
De muchísimo dinero, o eso al menos nos parecía a los niños que estábamos en el secreto. Porque a la misma altura de la escuela, de la que tengo los mejores recuerdos y la mayor de las gratitudes, en la casa de enfrente, estaban las oficinas de no sé qué negocios mineros. Puede que de los cotos de hierro Wagner y Vivaldi, nombres que yo conocí vinculados a la industria extractiva y que luego me chocarían tanto cuando supe que coincidían con los de dos extraordinarios músicos. O puede que las oficinas fuesen de otro imperio minero, tal vez de aquel que concretaba el nombre mítico de Diego Pérez.
En todo caso ver cada día, y varias veces cada día, cómo unos señores serios y encorbatados, situados apenas a diez metros de las ventanas de la escuela, manejaban enormes fajos de billetes verdes de 1.000 pesetas, decenas y decenas de fajos que contaban minuciosamente los que iban a cobrar, fue para mí lo mismo que ver la más sensacional de las películas. Y encima, con fuego –dinero- real. Nunca olvidaré la imagen de las montañas de billetes. Entonces se usaban poco los cheques y las transferencias, y los pagos grandes se solían hacer en efectivo. Y en tiempos de dificultades económicas generalizadas en familias y hogares de los últimos años 50 y primerísimos 60, contemplar aquella orgía de dinero me dejó sorprendido para siempre.
Por eso me da cierta pena ahora saber que esa casa verde ha sido derruida por el tiempo y el progreso. Ya no volveré a ver su estrafalaria fachada, con sus canalitos verdes. Pero la imagen de que había una casa donde todo era riqueza infinita, montañas de dineros, y asombrosa y cotidiana abundancia, quedará unida a ese solar, a ese rincón de Ponferrada. Donde también había una fonda a la que una tarde triste fui con mi madre a despedirnos de un sacerdote republicano y bueno, fumador hasta el delirio, flaco y melancólico. De don Manuel Pérez Turrado, que acababa de ser fulminado por el obispo ultra de Astorga Marcelo González, el que luego sería famoso cardenal y orador en el entierro de Franco. El gran dinero verde de mi infancia, y la tristeza de don Manuel, cura de ciudad y periódicos, ya condenado al ostracismo rural, son los ejes de mi carreta de memoria a su paso por una de las calles que más quiero. Donde me enseñaron a leer y a escribir. A ser yo. Con la lluvia de dinero al otro lado de los cristales.