Marinía
H ay una Ponferrada levítica y astorganizante. Una urbe acendrada y pétrea. Esa Ponferrada religiosa, en la que se educó el gran Enrique Gil y Carrasco, esa ciudad de castillo, consistorio y templos, tenía y tiene en la calle del Reloj uno de sus grandes lugares de fe: el convento de las madres concepcionistas. Ese retiro que es un gran desconocido para muchos bercianos, aunque parezca extraño. Pero también sucede que muchos bercianos nunca estuvieron en el digno Museo comarcal que está enfrente del cenobio. Ubicados ambos en la calle más galdosiana de la ciudad.
Ignoro el detalle de la historia de ese lugar de fe y recogimiento, de silencio y de bellos artesonados que ya ha cumplido los cinco siglos. Pero algo sé de una de sus monjas más ancianas, mi tía María del Rosario López Gavela, hermana de mi madre, que pasó 57 años de su vida en ese recinto misterioso, donde uno siempre intuyó que el mundo, ese mundo que con el demonio y la carne configuran los enemigos tradicionales del hombre según el viejo catecismo católico, siempre logró tener alguna presencia dentro de los muros conventuales. Un mundo pacífico y minucioso, tampoco se trata de otra interpretación. En todo caso, un convento colocado en el centro de una ciudad no puede tener la misma impronta que otro situado en un boscoso valle del Noroeste.
Mi tía María del Rosario era conocida, desde niña, como ‘Marinía’, un nombre que suena a aldea y a romanticismo de aldea. Marinía tiene resabios verbales de la montaña, de los lobos, de los riachuelos y la melancolía invencible. Pero también tiene aura de mujeres buenas que andaban por los caminos casi flotando. Y algunas, además de buenas, también eran un tanto neurasténicas. Mujeres víctimas de un tiempo infame; de aquel franquismo cerrado y clerical, oscuro y resignado.
Mi tía vivió un tanto aherrojada. Porque ella quiso, sin duda, pero pienso que en otro contexto histórico más normalizado es muy probable que no hubiera elegido la senda conventual, que fue la suya a partir de los 37 años. Decisión tal vez no del todo ajena a un desengaño amoroso. Ese rumor, al menos, llegó a mis oídos de niño. En todo caso, Marinía fue fiel a su camino un tanto medieval, y aunque tuvo, al parecer, una crisis de fe cuando era octogenaria —como le pasó a sor Teresa de Calcuta en su vejez—, embridó como pudo aquellas dudas inquietantes. Y siguió en el hábito y los votos, en el viejo caserón ponferradino.
Hace unos días, falleció. A los 94 años. La había visto poco en su larga vida de rezos y celosías. Sí recuerdo, en mi niñez, el día en que apareció por casa vestida de monja, gran sorpresa. Porque yo recordaba otra Marinía. Una hada laica y triste de las montañas asturleonesas. Amiga de las aldeas y las costumbres familiares. Descanse en paz. Toda vida vale mucho y la de mi tía, modesta vida conventual, también.