Manipulación
E l tinglado ideológico del nacionalismo catalán en pro de la secesión se ha basado en un concepto falaz y atrabiliario: el derecho a decidir. El desmontaje de la trampa es sin embargo fácil: el derecho a decidir es inherente, qué duda cabe, a la ciudadanía, y de hecho equivale al conjunto de los derechos civiles, reconocidos por la Carta Magna española y por todas las constituciones democráticas del mundo. Pero en esta clase de regímenes, ningún derecho individual ni colectivo es ilimitado porque todos lindan con los derechos de los demás. La libertad de expresión, por ejemplo, termina allá donde empiezan el legítimo derecho al honor de las personas y el derecho a la información veraz de todos, entre otros. La autodeterminación personal no es absoluta, y, por ejemplo, no nos está permitido tomarnos la justicia por nuestra mano: hay cauces para exigirla, para lograr el resarcimiento de las agresiones y los agravios. Y de la misma manera, el derecho a decidir colectivamente no puede ser aceptado si no se precisa la necesidad inexorable de las decisiones se adopten en el marco procesal constitucionalmente establecido. El derecho a decidir es, en definitiva, el derecho a disfrutar de las libertades públicas en el marco constitucional. Y no otra cosa.
Pero no esta la única falacia inventada por los nacionalistas en esta especie de neolengua orwelliana que se utiliza para enmascarar el engaño: como ha denunciado Miriam Martínez-Bascuñán, el mecanismo para la intoxicación es siempre el mismo: identificar la crítica con un calificativo que estigmatice al emisor. Así por ejemplo, se dice «poner urnas es democrático», y el desacuerdo será tildado inmediatamente de «antidemócrata» y de «reaccionario». Fue Orwell quien dejó escrito que «el lenguaje político está diseñado para que las mentiras parezcan verdades, el asesinato una acción respetable y para dar al viento apariencia de solidez». Con esta tergiversación semántica, el nacionalismo actúa; «movilizaicón de masas, presión sobre los eventuales opositores con la amenaza de retirarles la credencial de catalanes» (Enric Hernández). Es, como dice Antonio Elorza, «la democracia aclamativa de Carl Schmitt, donde las masas, bajo un liderazgo ejerciendo la demagogia, destruyen la idea de ciudadanía. Aun en el caso de existir una mayoría independentista, ello no afecta a la perversión de un procedimiento de raíz totalitaria, que no apela a la razón, sino a la coacción y al imperio del efecto-mayoría».