Diario de León
Publicado por
LA GAVETA CÉSAR GAVELA
León

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E l ciclista de la memoria hace cada verano, con ligeras variantes, su Vuelta a León. El ciclista no avanza por las carreteras, no cruza los puentes ni las ciudades ni los pueblos. Ni los bosques ni los campos. Hace su Vuelta a León con la memoria, el corazón y la extrañeza. Acaso también con la imaginación. Pero solo un poco.

El ciclista, esté donde esté, arranca desde Peñalba y Montes de Valdueza, el sagrado Himalaya del Bierzo. Luego se marcha por el oriente, sube hasta el cambio de aguas y, por reinos de olvido, llega al alto Duerna, donde se ve envuelto en recuerdos no tan lejanos, porque los recuerdos son el alma de este viaje. Ya en la Maragatería, se detiene en Luyego, delante de una ermita, y evoca una calle sin casas, vacía, pero con luces hacia una noche que nunca termina. Pasa por Rabanal del Camino, se siente muy feliz, y en Astorga se le agolpa la memoria. ¿Cómo salir de tanto que evocar? El ciclista se va al parque de la muralla, lleva toda la ciudad en sí, los tiempos y hasta la música sacra, cientos de personas que conoció allí. Y desde la muralla recuerda, calla y se despide, casi todo a la vez. Y llega a La Bañeza, y hace algo parecido, ahora desde el altozano del antiguo colegio de San José. Y pasea por la carbonilla del campo de fútbol. Y escucha la Sexta Sinfonía de Beethoven, y camina luego por las encinas al oeste de la ciudad; y por la vega fluvial del este. Y se descubre en el río, nadando en junio de 1969.

Pero la ruta urge, y el ciclista está en León. Lo atraviesa sin decirse nada, impregnado por el tiempo y la ciudad, que ve en muchas décadas a la vez. Armoniosamente unidas, sobre todo las que le salen al paso en blanco y negro. Y ya le aguardan en La Vecilla, no hay tiempo que perder. En La Vecilla agua, siempre el agua. Y en Boñar, y en Riaño. Agua, verdor, algo de frío de repente, incluso en verano. Y el negrillón que se murió, y las cuevas de Valporquero, con los compañeros de clase. Y la memoria de viejos viajes a Asturias por Pajares, y luego una noche en Babia, viniendo del mar. La sombra de las casas, la quietud de las personas sentadas, hablando bajo la luz nocturna.

Villablino, un viejo hotel. Aquí se hospedaba mi padre. Villablino, en la ruta de la sangre y los abuelos. En medio del mundo rural y del minero, casi ya anunciando el Bierzo. El ciclista pasa por Vega de Espinareda —tíos, primos, niñas guapas— y luego por Villafranca, donde todo sabe a amor, a piedra, a elevación y palabras. Más abajo una orilla del Burbia: una tormenta, unos abrazos que nunca olvidará. Y, sí, ahora ya el ciclista llega a Ponferrada. Ha cumplido con este verano, como con todos, desde hace ya muchos años. Vuelve a una ciudad que ya no existe. Pero es la suya. El ciclista vive en el aire. Se sujeta con palabras, y con la bicicleta. Y descansa. Y no sabe bien dónde está descansando.

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