Diario de León

TRIBUNA

Independientes, pero sobre todo expertos

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Evelia Fernández concejala del PSOE en el Ayuntamiento de León
León

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E stoy segura de que cada uno de ellos fue considerado, en su casa, un gran hombre. Estoy convencida de que todos sus familiares estiman méritos suficientes para que tenga no sólo una calle, sino una ciudad entera a su nombre. Hasta puedo entender que sus correligionarios hallen suficientes virtudes, cualidades y valores para que protagonice nuestro callejero. Pero quizá aquellos que sufrieron su poder y su represión no encuentren las mismas justificaciones cuando tienen que escribir o leer, de nuevo, su nombre en su dirección o cuando ven que comparten un listado que honra la memoria de quienes hicieron algo por su ciudad, por la ciencia, las artes o, simplemente, han aportado algo positivo a la sociedad.

Viene este preámbulo a cuento de la aplicación de la Ley de Memoria Histórica en León y el comité de expertos que el Partido Popular ha designado para depurar el callejero de nombres franquistas. Un comité que ha desatado, y con toda la razón, el enfado de los profesores de Historia Contemporánea de la Universidad de León. Porque es evidente que si alguien puede determinar los méritos o deméritos de quienes dan nombre a las calles son estos profesores. Que no sólo son expertos, sino también independientes.

La aplicación de la Ley de Memoria Histórica está mostrando las carencias democráticas de una ciudad, de un país, que quiere cerrar tantas heridas en falso, 76 años después del fin de la Guerra y tras casi cuarenta años de transición. No, no es cierto que volvamos a reabrir heridas con el debate. No, no es cierto que queramos traer a la actualidad tiempos pasados. Nadie ha olvidado y menos aún quienes sufrieron la brutal represión. Hablamos de dignidad.

Por ello, la denuncia interpuesta para que León cumpla la Ley de Memoria Histórica no debe entenderse por el PP como un ataque sino como una oportunidad. La tramitación en el Juzgado debe facilitar el cambio en el callejero pero también la eliminación de todos los vestigios, símbolos y signos que recuerdan un pasado que ni fue glorioso, ni fue pacífico ni debe, por supuesto, ser consagrado.

La aplicación de la Ley de Memoria Histórica no ha sido sencilla y lo fue menos en los primeros años de su vigencia, cuando lo más urgente fue restaurar y honrar el nombre de quienes lucharon por la democracia y quienes sufrieron la represión. Personas aún vivas, injustamente tratadas y agraviadas. Luego, se incidió en recuperar la memoria de los muertos y en ello se trabajó durante años con el apoyo –no lo olvidemos- del Gobierno Socialista que encabezaba Zapatero. Fondos, ayudas, indemnizaciones, subvenciones… permitieron abrir cunetas, recuperar memorias y dar luz a esos años y esos sucesos. Eliminar antecedentes penales a inocentes, ayudar al regreso del exilio… Tantas y tantas historias recuperadas, historias que habían escrito (con mentiras y olvidos) los sublevados.

Ahora le toca a los símbolos. Y ahora es cuando los expertos, expertos e independientes, deben decir qué hemos de quitar de nuestras calles y a quién hemos de homenajear en ellas.

Los políticos debemos mantenernos al margen mientras se llevan a cabo estos trabajos, nuestra tarea «solo» ha de ser –como llevamos años haciendo- exigir y garantizar el cumplimiento de la Ley. Luchar contra quienes desde su posición intentan retorcer la historia para limpiar biografías, quienes apuntan que una calle a Fraga Iribarne en 1976 (1976) se le concedió por su labor en la transición, quienes aseguran —como hicieron hace años al tiempo que boicoteaban iniciativas y propuestas— que el coste económico de este cambio es elevadísimo y que no es una demanda social.

Sí, cerrar heridas también es una demanda social. Pero aún más lo es poner a cada uno en su sitio. No borrar de la historia sino ubicar, dentro de ella, a cada uno con sus virtudes y defectos, con sus acciones u omisiones. Poner, por fin, luz en una época histórica con tanta oscuridad que, 80 años después, aún no se ha aclarado ni cerrado. En resumen, devolver la dignidad y la visibilidad a quienes se les arrebató violentamente, y sacar del callejero de honor de nuestras calles a los culpables de la sublevación, la represión y la dictadura.

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