Diario de León

TRIBUNA

Memoria de Concha Casado Lobato

Publicado por
Máximo Cayón Diéguez cronista oficial de la ciudad de león
León

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T rabajó y luchó incansablemente por León. Y para León. Y lo hizo siempre desde la humildad y la perseverancia. Sin otra ambición personal que la defensa a ultranza de los valores de esta tierra nuestra. A esta tarea dedicó su trayectoria vital. Y en aras de la difusión de la riqueza que encierra el patrimonio cultural leonés, de manera altruista, con grandeza de miras, o, si se prefiere, sin anfibología alguna, de esta actividad hizo un compromiso y en sus textos volcó toda la sabiduría que atesoraba. Muestra de su capacidad y producto de su talento, allí tiene sitial y permanencia su incontestable labor divulgadora, a todas luces, digna de encomio, basada en una investigación metódica, que, por medio de una prosa clara, transparente, sin recovecos, hoy es faro y legado para generaciones presentes y futuras.

Mujer activa, aglutinadora de inquietudes y desvelos, de ilusiones y voluntades, a la hora de dirigirse a quien procediere su resolución resultaba tan amable y respetuosa como firme y manifiesta. Su poder de persuasión brillaba con luz propia en todas sus actuaciones. Y es que su diligencia era adversaria declarada de la pereza. Su carácter dinámico y emprendedor, refractario a la lentitud que engrasa el mecanismo de la burocracia, quedó patente en todos los despachos, lo mismo oficiales que particulares, que fueron escenarios de su presencia y de la determinación con que impregnaba todas las acciones que acometía.

Su pasión era la etnografía. Su labor en este campo, instructiva y educativa a partes iguales, actualmente, es una excelente catapulta para la proyección de la identidad leonesa, máxime, ante la decadencia y, en algunos casos, el evidente riesgo de desaparición de unos valores tradicionales de igual forma afectados por la despoblación de las zonas rurales que por la pérdida de un sistema de vida y costumbres hoy prácticamente en desuso.

No haré yo aquí la relación de sus obras y el índice de sus premios y reconocimientos, tan justos como merecidos. Otros ya lo han hecho. Ahora bien, tampoco silenciaré que Concha Casado Lobato, discípula de grandes maestros de la cultura española del siglo XX, —Dámaso Alonso, Rafael Lapesa o Julio Caro Baroja—, por méritos propios, ocupa lugar de privilegio en el frondoso censo legionense de los leoneses y leonesas ilustres. Su huella es luminosa. Su rastro, indeleble. El calado y la importancia de sus obras, indesmentibles. Agréguese a ello que en la arboleda de la bibliografía leonesa, sus frutos, sus publicaciones, ya lo dije antes, instrumentos serios y rigurosos, exentos de frivolidades, sencillamente escritos para el conocimiento del común, son una explícita defensa del patrimonio cultural leonés, tan rico y diverso, por ejemplo, en tradiciones y en monumentalidad, en folklore y artesanía, en danzas o indumentaria.

Hace ahora cuatro décadas, y con motivo de dar a los tórculos una obra suya, [«Vida y cultura españolas: «León», Editorial» La Muralla», Madrid, 1977], Victoriano Crémer, [Tierras de León, nº 29, 1977, pg. 63], trazaba una etopeya de esta extraordinaria etnógrafa: «Es su autora una leonesa que lleva dedicados muchos años de su vida a desentrañar el misterio, la gracia y el duende de lo leonés: Conchita Casado Lobato, una mujer joven, inteligente, activa y enamorada hasta los tuétanos de su tierra. Una mujer a la que conocimos, recién titulada universitaria, investigando sobre el lenguaje de La Cabrera, y a la que ahora la vemos, ya en la madurez de su formación y con la mejor dotación instrumental, entregada a una de las operaciones más envidiables: a descubrir León a los leoneses».

En el crepúsculo de su existencia, esta leonesa singular residió en el Monasterio de la MM. Benedictinas, sito en la plaza de Santa María del Camino. Consecuente como era su vida con su credo, en la iglesia de Nuestra Señora del Mercado asistía todas las mañanas a la eucaristía que se celebra allí diariamente. Dada nuestra amistad, en más de una y de dos ocasiones, a la finalización de dicho oficio religioso, a la hora del regreso al citado cenobio, acompañé a Concha desde el referido templo hasta el mencionado convento, y durante el trayecto disfruté de su compañía y magisterio.

La muerte sorprendió a Concha Casado Lobato el 22 de agosto del pasado año. Ahora se cumple el primer aniversario de su óbito. El vacío emanado por la ausencia de esta mujer entrañable, buena, sencilla, gran conversadora, enormemente generosa, honrada y honesta a carta cabal, ha dejado en el corazón de cuantos fuimos sus amigos un sentimiento henchido de tristeza y una sensación de honda orfandad. Para mí, personalmente, su recuerdo será siempre imperecedero.

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