Diario de León
Publicado por
LA GAVETA CÉSAR GAVELA
León

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D e nuevo la Cabrera es noticia, y como tantas veces, y tan injustamente, noticia triste. La Cabrera lleva días ardiendo en sus tierras del sur. Ya se han calcinado diez mil hectáreas, y esa catástrofe, como casi siempre, es obra de la mano del hombre incivil, del hombre que expresa con las llamas asesinas su mediocridad o su odio.

La brava comarca lleva muchas décadas ardiendo en el olvido. Bajo un fuego frío del tiempo y de la piedra. Pero aunque no lo parezca, su geografía abrupta es el centro de un mundo humano que fundó Roma. Porque las tierras bajas que recorre el río Cabrera, y las altas cuyas aguas dan a la cuenca del Duero constituyen el corazón de la diócesis de Astorga. Es decir, de una demarcación histórica que tiene más de 1.500 años y que nace de los romanos. La Cabrera está en el centro de una de las divisiones territoriales más antiguas de toda Europa. Al norte de su geografía luce el Bierzo industrial, feraz y jacobeo, al sur la bellísima y forestal Sanabria, al oeste las tierras galaico-asturicenses de Valdeorras y el Bolo, y al este, la meseta, que comienza con los bosques del Teleno, con la Maragatería y las tierras fluviales de La Bañeza.

Pues bien, ese centro siempre ha sido una esquina. Un margen. Y ni siquiera eso: un enorme abandono. Como aún ahora mismo se puede comprobar si uno se aventura en coche desde Pombriego hasta las elevadas tierras de Castrillo. La Cabrera, hoy, en su zona más poblada es un erial pizarrero, una sepultura para su río, que avanza subterráneo, bajo los recortes mineros. Y en su zona más aislada es un territorio más del espíritu que de la orografía. Del asombro y la humildad.

Es cierto que se ha hecho mucho en las décadas democráticas. Y que la Cabrera ha mejorado notablemente el aspecto de sus aldeas. Pero perviven injusticias y lástimas, que han provocado una despoblación bárbara, de récord nacional. Por ello los políticos han de extremar su celo con esta tierra tan leonesa, tan maltratada durante siglos, donde las prodigiosas canalizaciones romanas y la melancolía se abrazan. Donde existieron originales costumbres comunitarias, y donde nacieron personas tan valiosas como el científico Amable Liñán, premio Príncipe de Asturias, o el militar liberal José Rodríguez Losada, el que construyó el reloj de la puerta del Sol de Madrid, el mismo que cada año da las doce campanadas que abren el tiempo nuevo. La Cabrera, por eso, y por tantas otras razones, es un país de hermosa extrañeza. De paradoja y sacrificio.

Tenemos que mirar más a la Cabrera. Conocerla sin prisas. Descubrir sus aldeas apartadas y diferentes. Contemplar su arquitectura rural, su gran riqueza etnográfica, que abarca tantos ámbitos, y la profunda quietud de sus campos, bosques y aldeas. La Cabrera es mágica, quien la conoce lo sabe. Pero necesita comunicaciones y apoyo. Memoria y amor.

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