TRIBUNA
Individual o colectivo
C uando el otro día me puse a escribir unas reflexiones sobre el suicidio de Miguel Blesa, publicadas en estas mismas páginas el pasado 27 de julio, en realidad mi idea era escribir sobre su final como representante de una época de desmesura, de un capitalismo de amiguetes y de élites políticas que han esquilmado las arcas de este país y que con su actitud egoísta agravaron la crisis económica que seguimos padeciendo y, al mismo tiempo, hacer una reflexión sobre la situación catalana que, metafóricamente hablando, se podría definir como un suicidio colectivo. El suicidio consumado es una decisión individual e irreversible para problemas que, en muchas ocasiones, podrían tener una solución adecuada. Y la solución, en el caso de Blesa, es que debería haber aceptado ir a la cárcel, si así lo hubieran estimado los jueces y, después, reiniciar una nueva vida como en su día lo hizo Mario Conde o lo tendrán que hacer Rodrigo Rato o Bárcenas, en caso de que sean condenados a penas de prisión. Pero además de los suicidios individuales, que en nuestro país hay un promedio de diez al día, a veces se producen también suicidios colectivos estimulados por alguna secta o por determinadas páginas en internet. También, en sentido figurado, se puede hablar de suicidio colectivo cuando un país toma un derrotero claramente equivocado como nos ocurrió en las guerras por defender nuestras colonias en lo que se ha llamado el desastre del 98 o con el golpe de Estado de Franco que desencadenó la Guerra Civil.
Se han utilizado diversas metáforas para visualizar el conflicto catalán. La más recurrente ha sido la del choque de trenes. El tren de la Generalitat que marcha a toda velocidad aprobando disposiciones contrarias a la ley y a la Constitución y el tren del Estado que, o bien está parado en la estación o va al encuentro a una marcha muy lenta. Otra metáfora es la del divorcio mal avenido, cada uno de los cónyuges luchando por lo que cree que le corresponde a la hora del reparto del naufragio matrimonial. Yo creo que existe otra que se ajusta más a la realidad. Es la metáfora del buen hijo que, de repente, por influencia de una serie de factores, entre otros el de las malas compañías, comienza a hacer la vida en el hogar común insoportable. Rompe las normas de convivencia, hace lo que le da la gana sin tener en cuenta al resto y, cada vez que la familia toma decisiones para poner algo de orden, las cosas empeoran de forma evidente. Hasta hace poco, Convergencia Democrática era el buen hijo que colaboraba en el gobierno de la nación pero al que un día se le cruzaron los cables, se fue con malas compañías, ERC y la CUP, y comenzó a ser el hijo díscolo que no hay quien lo pare. A pesar de que a Convergencia, desde que comenzó esta deriva, las cosas le han ido cada vez peor, destruyó CiU, cambió de identidad, pierde votos a raudales según las encuestas, sigue empeñada en su deriva de romper la armonía nacional que antes defendía.
Recuerdo un caso clínico que refleja adecuadamente la situación catalana. Se trataba de una joven que a sus veinte años había sido reina de las fiestas de una ciudad castellana. Cinco años después, esa joven fue diagnosticada de esquizofrenia y, en vez de tomar la medicación que le pautaban sus médicos, se metió, influida por una relación sentimental, en el mundo de la droga. La pensión que cobraba puntualmente todos los meses la consumían en un par de días de droga y diversión. Cuando su entorno familiar y terapéutico quiso controlar el dinero de la pensión, la pareja se subió a lo más alto del Acueducto de Segovia y se precipitó al vacío.
Es curioso. Dos partidos de derechas, Convergencia y PP, son los que nos han metido en este tinglado, que amenaza con nuestra convivencia democrática y la izquierda, como siempre, se anda por las ramas o jugando a una versión moderna de la Rayuela, que ahora se llama el Sorpasso. Porque digo yo, si España es plurinacional, también lo será Cataluña. O a ver si resulta que España es plurinacional pero Cataluña es, en esencia, solo catalana. Lo que está haciendo la Generalitat no deja der ser algo muy quijotesco.
Cuando ETA mató a Miguel Ángel Blanco la ciudadanía salió a la calle al grito de ¡Basta ya! Ahora los independentistas catalanes están amenazando nuestra convivencia democrática y pacífica y no hay nadie, salvo ellos, que salga a la calle para decirles que el camino que han tomado es el equivocado. Si quieren separarse del resto de España, tendrán que convencer todavía a muchos más catalanes y, además, tendrán que hacerlo sin violentar la ley que nos ampara a todos.
En la novela que estoy escribiendo en la actualidad un argentino dice, en una cena en Berlín donde hay alemanes del Este y del Oeste, turcos y españoles que mientras que Alemania se reunifica, la España invertebrada de Ortega se resquebraja. Los alemanes, después de la reunificación, siguen apostando por una Alemania anclada en Europa y alejada de su patológico nacionalismo. Cataluña, si quiere sobrevivir, tendrá que ser catalana, española, europea y universal. Cualquier otra salida debería ser objeto de estudio de un equipo de psiquiatras o de expertos en Salud Mental.