TRIBUNA
Desagradecimientos

E ste verano he estado leyendo con sumo placer nuestra afamada novela de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Mientras serpenteaba a través de su ingeniosa y agraciada figura por su locura peculiar, me llamó la atención las repetidas citas que él mismo realizaba a propósito de la palabra desagradecimiento: «Entre los pecados mayores que los hombres cometen, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a lo que suele decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno», y pensé, en el modo en que esta actitud tan humana arraiga en nuestros espíritus intranquilos modernos. Estar y poder mostrar ese sentimiento de gratitud, es dar amor y compartir nuestro afecto con aquel por quien sentimos una deuda por lo recibido. Lo que se percibe puede ser variable: la vida filial que surge del encuentro de unos padres, la lección que imparte el maestro, el objeto que aporta el amigo ante nuestra atenta mirada, la ayuda que dona el profesional en su quehacer cotidiano o el consejo gratificante que se entrega cuando el otro se encuentra entre la oscuridad del alma… De ese modo, son diferentes las ocasiones en que podemos apreciar, si nuestro corazón lo permite, que lo que poseemos se lo debemos en parte a alguien, un ser que, en ese momento, pasa a ocupar un lugar muy especial en nuestra mente, y que si estamos dotados para valorar lo recibido, entonces, se nos impone en alguna ocasión poner en juego ese acto que denominamos gratitud. A partir de esta sensibilidad exquisita que supone dar y recibir, que no está al alcance de todo el mundo como digo, se puede acceder, cada uno con su particular estilo, a una muestra de reconocimiento por lo recibido o de satisfacción por lo donado, siendo ese lazo que empaña en ocasiones nuestras relaciones uno de los diferentes nombres del amor. No olvidemos que tanto lo que se da como lo que se recibe, es registrado en tonos afectivos. Y es que el ser humano está dotado desde su nacimiento para integrar todas estas emociones, puesto que su condición de desamparo originario se lo marca, tendiéndose a reactivar en el presente ese mismo encuentro inicial mítico, que supone dar y recibir.
Ahora bien, no es este tipo de lazo el que solemos apreciar de modo frecuente en nuestras relaciones humanas, y la queja a propósito de este embrollo es una de las innumerables formas de malestar, sino todo lo contrario. Allí donde se esperaba el reconocimiento o la gratitud por lo realizado, surge más bien el desaire, el reproche, la calumnia, el silencio o la conspiración hostil. ¿Qué ha sucedido? ¿Qué fuerza nutre la interpretación del receptor para que pueda cegarse así cualquier movimiento de gratitud? Y, aunque no todo acto de amor precise de la recompensa del enamorado, —recordemos que dar y recibir debemos encuadrarlo siempre dentro de los suspiros de Eros—, lo inaudito de este desenlace no es otro, sino que la infiltración de la hostilidad en forma de un odio que, a veces, puede adquirir un tinte furibundo de destrucción.
Aun cuando diferentes afectos puedan funcionar en este escenario humano que he relatado, quisiera destacar a la envidia, los celos y el dolor narcisista, como los promotores esenciales de la falta de agradecimiento. En el primero, la envidia, se infiltra el ansia de destruir el objeto valioso donado, o supuestamente poseído por el sujeto envidiado, puesto que lo insoportable es su misma presencia. El envidioso nunca se prestará a recibir, ni tolerará con «buenos ojos», todo aquello que entiende que el otro posee y que a él le falta. La envidia no tiene mejor antídoto que la propia creatividad. Lo malo es que no está al alcance de todos los seres, porque no crea el que quiere sino el que puede. El segundo, los celos, se pone en trance cuando el sujeto tiene que compartir un objeto valioso recibido, o que desea, con una tercera persona que siente en pugna, promoviéndose el desenlace en forma de disputa con el fin de no perder aquello que supuestamente se quiere tener. La lucha a muerte o la destrucción es, a veces, la única manera que encuentra el celoso para no perder todo aquello que cree, que debe poseer. Si el desconfiado pudiera dar en vez de esperar recibir lo que cree que siempre le falta, podría cambiar su óptica y también el modo de relación; un aspecto que no resulta nada fácil porque esto implicaría poder afrontar las pérdidas. Por último, el dolor narcisista no es más que la herida que siente el sujeto ante su propia fragilidad existencial en el encuentro con el semejante. La ofensa, en este caso, puede venir de un sujeto a quien se idealiza, o bien, de todo aquello que atente contra ese lábil prisma de seguridad yoica. El resultado, en la estela humana, es igualmente monótono: muerte y destrucción para el otro. Es la lucha imaginaria por el puro y vano prestigio.
En fin, si como decía don Quijote, «el infierno está lleno de desagradecidos», tomémonos por un instante un pequeño respiro y reflexionemos sobre estas cuestiones que, a veces, enturbian nuestra existencia y pueden ser la fuente de nuestro sufrimiento diario en forma de desvelos nocturnos, dolores corporales, decaimiento o rabia existencial, y pensemos, que nada es más humano como dar, recibir y sentir mientras la tolerancia y el amor pacifican nuestra conciencia. Les aseguro que la vida será así mucho más respirable para todos.