Diario de León
Publicado por
LA GAVETA CÉSAR GAVELA
León

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L eón es patria de mitos discretos. Unos aún funcionan, otros ya se difuminaron. Como el de la Ponferrada de mediados del siglo XX, a la que llamaron Ciudad del Dólar en un país que vivía entre céntimos. Aquella Ciudad de oro y pobreza tenía algo del Far West, con sus estraperlistas y sus predicadores, sus obreros polvorientos y sus empresarios ávidos; sus borracheras y sus prostíbulos. Metal y carne, dictadura y barro. Incluso Astorga fue una pequeña, clerical y lasciva réplica de la Vetusta de Clarín.

El nordeste de la provincia tiene un encanto que podríamos comparar, vagamente, como propio de las Montañas Rocosas. La culpa de estos símiles, claro, la tiene el cine. Pero el cine es una fábrica de sueños, también de horizontes que asumimos como propios. Porque se instalan en nuestro corazón, suavemente. El cine fabrica infinitos y algunos de esos infinitos casan bien con las tierras altas de León, los pacíficos valles que se tienden entre las montañas del Mampodre o de los Picos de Europa.

En medio de esas orografías está el puerto del Pontón, lleno de bellezas naturales que descienden por la vertiente del mar. Allí están Sajambre y Valdeón, dos paisajes que siempre nos sobrepasan. Pero el Pontón y sus encantos, que confluyen en Riaño, dejan a ambos lados de las montañas dos demarcaciones pequeñas y literarias. Al este, la Tierra de la Reina, donde las vacas ejercen un predominio inapelable, y al oeste, el valle que conduce al puerto de Tarna. Más angosto es el de la Reina, tal vez más remoto y rural. En ese paisaje el viajero puede imaginar, muy fácilmente, cómo era la vida de la montaña leonesa hace muchos años. Porque, mejoras técnicas al margen, sigue en vigor el tiempo lento y sus tareas, favorecido todo por la despoblación y el aislamiento. En lo alto del valle está el puerto de San Glorio, uno de los lugares que forman parte de la parrilla de salida de las noticias meteorológicas del invierno. Cuando este puerto que une y separa a León con Cantabria queda en las ondas como un cuento helado, que no se sabe muy bien donde está. Porque se oculta entre la niebla y la nieve.

El otro valle, al que se asoman Burón, Liegos, Lario o Acebedo, es más abierto. Y su magia, sin dejar de ser agreste, es más romántica. O acaso me lo pareció a mí porque cuando pasé por allí ya era el ocaso. La visión de las luces de sus casas, del ganado por las praderas, de la aristocrática e inesperada Lario, con su palacio de Valdeburón, y de la soledad –porque la soledad se ve- me llenó el alma de una misteriosa alegría. Yo venía de ver las peñas más potentes de toda la cordillera cantábrica, pero no menos me cautivó esa penumbra verde, dorada y gris de un León de monte que tenía música de infinito. Porque todo puede ser interminable. Depende de nuestra mirada. Y la provincia de León es un escenario inagotable para sentir esos dones.

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