TRIBUNA
Ricardo
D esde comienzos de la semana (Ricardo Cantalapiedra, periodista y otras muchas cosas más, falleció el pasado domingo) las redes sociales de una buena parte de España lanzaron la noticia con cariño pero incompletas. Se ha transmitido su profesión de periodista, guionista de televisión, actividad como cantautor y asiduo de la noche y movida madrileña (Malasaña) y su, en tiempos, pertenencia al Partido Comunista.
Y, aunque nunca me ha gustado escribir sobre amigos y familiares, hoy me he decidido a hacerlo con el fin de aclarar ciertos aspectos de Ricardo poco conocidos u obviados por olvido u otras razones de más calado.
Así pues, este artículo no será luctuoso (no le gustaría a él), sino informativo y anecdótico. Efectivamente hizo el bachillerato en un centro de los Sagrados Corazones, donde, como era natural entonces, junto con otros muchos, se inició en los vericuetos de la divine gauche.
Esta iniciación la completó en una facultad madrileña (Filosofía y Letras) y durante sus estudios de periodismo. Era la moda del momento entre la mayoría de los jóvenes estudiantes. Era la época de correr delante de la policía. En cierta ocasión yo también tuve que hacerlo por su culpa: después de un recital en el Aula Magna de la Universidad madrileña. Llegado el momento en el que en una canción aparecía la palabra «libertad», se armó la marimorena.
Era el momento de los primeros cantautores contestatarios. Entre ellos Julio Iglesias, junto con el que cantaba en las misas de una parroquia de los extrarradios de Madrid. Aún hoy, en varias iglesias del país, durante las misas, se cantan canciones de Ricardo Cantalapiedra.
Pero, voy con los olvidos de las redes. Nadie ha dicho que, consecutivamente, ganó el Premio Ignacio Aldecoa de relatos y el Premio de Cuentos Ciudad de San Sebastián.
Nadie comentó que hace muy pocos años, obtuvo el Premio Internacional de Periodismo Rey de España (apartado Quijote), que le entrego personalmente el rey don Juan Carlos I en Madrid. Anécdota: después de la entrega del premio, durante el ágape, yo estaba charlando con don Juan Carlos mientras trataba de localizar a Ricardo para hacernos una foto con el rey. Por fin le vi hablando con Víctor Manuel y pude avisarle. Llegó. Llegó con una botella de cerveza en la mano que no soltó ni para saludar de nuevo a su majestad. De todo ello hay constancia gráfica. Creo que la marca era Heineken .
Ningún comunicador de las redes comentó que estuvo en casi todos aquellos lugares del mundo donde había conflictos sociales o de naturaleza.
En la guerra de Ruanda, como informador de El País , mataron a su fotógrafo, Luis Valtueña, en el mismo apartamento donde vivían los dos. Al año siguiente volvió.
Ningún aficionado al Facebook informó de su estancia veinte días con una tribu poco conocida del Amazonas brasileño, comiendo carne de mono. Se trataba de un reportaje para la revista Planeta Humano .
En una charla que dio en León sobre su viaje, una señorona le preguntó cómo vestían los indios. Le metió en un aprieto pues era muy tímido. Él respondió: «Pues, mire señora, en la pililina llevaban atado un lazo de colores y cuando lo llevaba el viento y caía a tierra, se ponían muy colorados». (sic)
Durante sus años políticos sólo consiguió que le detuvieran una vez. Repartía propaganda del P.C. junto con Ana Belén y Víctor Manuel. En la Dirección General de Seguridad les trataron bien. Tres días más tarde se legalizaba el Partido Comunista.
Muchos años antes, durante un recital en Salamanca, la Guardia Civil también le detuvo in situ. Él, con su sonrisa soñadora, les dijo a los agentes: «Pero si he enviado los textos de las canciones para la censura». Los guardias le respondieron: «No es por eso chaval, es que eres un prófugo. No has ido a cumplir el servicio militar». El, con ingenuidad contestó: «Pero, total, porque no vaya uno más, no pasa nada». Fue destinado a Burgos y, tal como era, se ganó las simpatías del coronel y no hubo nada.
Era así. Se ganaba a la gente a las primeras palabras. La sonrisa suave y calmada de Ricardo, podía con todo, Escuchaba, hablaba y vencía. Hoy, en su ausencia, releeré sus ensayos y novelas. Menos la última inconclusa, de corte histórico, en la que había trabajado durante tres años. Gracias, hermano, por haber sido mi confidente. Tu confidente. Descansa en paz.