Diario de León
Publicado por
Andrés Mures Quintana analista político y experto en Relaciones Internacionales
León

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E l día que Susana Díaz perdió las primarias ante Pedro Sánchez hace unos meses, fui de los que pensaron, aun con el deseo ferviente de equivocarme, que el rumbo de España había empezado a cambiar para mal. En no pocas ocasiones, los que escribimos al dictado de nuestra conciencia, con total libertad porque estamos totalmente al margen de ataduras de cualquier signo, soportamos estoicamente el apelativo de alarmistas, perdedores, derrotistas y en más de una ocasión de fachas. Eso si no se acuerdan de vez en cuando de nuestra santa madre, que también. Sin embargo, la buena pila de años que llevamos sobre las espaldas, el recorrido acumulado por esos mundos de Dios allende fronteras, el conocimiento de personajes de todo pelo y condición, el sufrimiento de adversidades de diverso calado, y la superación de no pocas calamidades y situaciones cercanas al límite, nos dan un caudal de conocimiento y experiencia que nos hace ver las cosas, los personajes y lo venidero, con unas dosis de certeza y verosimilitud bastante distante de la que mantienen los políticos en general y sus paniaguados, incluidos los que escriben o recitan al dictado de los que les amparan en un ejercicio que en demasiadas ocasiones va en perjuicio del interés general de los ciudadanos.

Hace escasos días, el ínclito inquilino de la Moncloa despertó (no sabemos por cuánto tiempo) de un letargo que parecía excesivo incluso para la corte de monaguillos que le bailan el agua cada día. Los sucesos de Barcelona son graves; lo peor es que la mecha ha prendido por toda Cataluña y, ante los hechos que se suceden, no parece que esto vaya a remitir; todo lo contrario, puede que los ánimos se enerven más aún. La declaración institucional de Rajoy, leída en la tarde-noche del miércoles 20, es un alegato en pro del cumplimiento de la ley y del ordenamiento jurídico que da forma a nuestro estado de derecho, pero llega tarde. El mal se lleva larvando mucho tiempo y ahora se necesita una dosis extrema de mano izquierda, de prudencia, pero igualmente de firmeza, ya que los secesionistas se han mofado del Estado, del Gobierno, de la Justicia, y de una abrumadora mayoría de ciudadanos de todo el Estado y, lógicamente, eso no puede salir ni barato ni mucho menos gratis.

Hace unos días, el PSOE, ante la propuesta coherente de Ciudadanos se puso, no ya de perfil, sino que de una forma grosera y bochornosa se opuso. Pedro Sánchez (Pedro no-no) ha demostrado por activa y por pasiva que es un elemento del que uno no puede fiarse ni poco ni nada. Incluso hace igualmente escasos días, dejó a los pies de los caballos a su secretario y portavoz, Óscar Puente, alcalde de Valladolid, un tipo que hace bueno al mismo Sánchez. Con estos compañeros de viaje, el bloque constitucional que propugnan Rajoy y Rivera tiene escaso porvenir. Yo hace un par de semanas esgrimía desde estas mismas páginas del Diario la tesis de que Cataluña no es lo que nos pintan en los telediarios: una Barcelona cosmopolita con algaradas en plaza Cataluña, Puerta del Ángel, en la plaza San Jaume, Universidad, Urquinaona, Canaletas, Ramblas o los alrededores del paseo de Gracia.

Cataluña son esas comunidades cerradas del interior de Lérida, de la misma Tarragona, de incluso Gerona capital (cuna del sentimiento independentista). De Cadaqués a Torredembarra, de Figueras a Vic, de la Seo d’Urgell a Mataró o Reus, de Mollerussa a la Pobla de Segur y El Venfrell. Ahí, todo lo que huela a «español» es mal visto, no admitido y en general odiado. Ha sido una labor de zapa de 36 años que Convergencia i Unió tejió ardorosa y pacientemente de la mano de un líder indiscutible como Jordi Puyol apoyado por una pléyade de advenedizos (Prenafeta y Mas como destacados chambelanes). Esa labor se resume en la frase tan manida como falsa y maniquea «España nos roba». Cambiar ese axioma se me antoja una labor tan arriesgada como imposible.

Rajoy y su Gobierno van a ser a la larga los grandes perdedores, porque ellos mismos son los responsables del desaguisado. Lo malo es que su infame proceder (al decir de no pocas mentes preclaras repartidas por todo el país) arrastra a las instituciones del Estado y a la ciudadanía en general, que asiste pasmada a esta inacción, a esa continua llamada al diálogo cuando todos los puentes han sido derribados por los sediciosos.

Coleta borroka (Iglesias) es un comunista del ala más radical, preso de su ideología que le inhabilita para ejercer una labor de gobierno con tintes de normalidad en un país de Europa occidental, donde el parlamentarismo democrático es la forma de gobierno, todo ello alejado de los odios y resquemores de una horda enloquecida (CUP sin ir más lejos) cuyo compás del tiempo se detuvo en el asalto al Palacio de Invierno y en la liquidación manu militari del zar Nicolás y toda su parentela. Pero Iglesias, aun siendo un ejemplo típico del faccioso convulso, no es tonto de baba. Los comunistas siempre han demostrado, desde la noche de los tiempos, una especial habilidad para el enredo político más pernicioso.

No es descartable en absoluto, que el colega Iglesias, sabedor de que Pedro Sánchez vendería gustosísimo su alma al diablo con tal de echar del sillón a Mariano y aposentarse él, le tienda una celada sin marcha atrás. Rivera ha dejado constancia en diversas ocasiones de que estar en misa y al mismo tiempo subirse a la torre a tocar las campanas es tarea tan compleja como irrealizable, por lo que su concurso es de poco fiar. Puestas así las cosas, o el PP toma plena conciencia de lo que se le puede venir encima a medio plazo, o este país llamado España puede ver un Parlamento dominado por Podemos, Compromís, las Mareas gallegas, los sediciosos catalanes y un PSOE descafeinado, quebrado y dividido al que lleva del ronzal un iluminado como Iglesias. La fiesta del Pilar está cercana, los que sepan rezar que imploren con fuerza y tesón.

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