Diario de León

Publicado por
jESÚS MARÍA CANTALAPIEDRA ESCRITOR
León

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B arcelona está en la mente de todos. La lengua catalana llena muchas portadas de incertidumbre. La gastronomía catalana está de moda. En Catalunya no existe la eñe; dicen, por ejemplo, «el cony de la Bernarda”, que queda mucho más fino. Así que por tendencia, casi impremeditadamente, titulé el artículo como «Carrer Ample”, cuando en realidad quería decir Calle Ancha; nuestra Calle Ancha, antigua Fernando Merino (y otros nombres), después Generalísimo y de nuevo Calle Ancha en recuerdo del nombre primigenio, cuando se ensanchó la vieja callejuela llena de barro y carretas.

La última remodelación y peatonalización de la calle fue hace veinte años, en la época de Mario Amilivia como alcalde. Algún que otro insulto le costó en tiempo de obras el cambio que se efectuaba para conseguir que en la actualidad fuera el más turístico ´carrer` de la ciudad; el más paseado, quitándole protagonismo a Ordoño II cuando los bancos, inmisericordes, tomaron e invadieron con bonos, fondos de inversión, hipotecas y otros temerosos productos el orgullo vial de la ciudad.

Viví cerca de veintiséis años en aquella calle con circulación de doble dirección (para eso era ancha), mínimas aceras y un comercio de toda la vida como la Camisería Ruiz, Bazar Torres, Las Camelias, la Farmacia Merino, Calzados La Imperial (era el momento para el curioso nombre), y el bar Colón y el bar Express. Ya lo decía la canción: «Y vamos al bar Colón, y vamos al bar Express. El bar Colón, el bar Express, son de León también”. Incluso, durante el nacional catolicismo, no podía ser menos, la Iglesia mercadeaba en una gran tienda de objetos religiosos, donde vendían cirios, casullas, solideos, pan de ángeles… Mucho antes, según contaba mi abuela ciertamente encorajinada, funcionaban con éxito dos cafés cantantes o cabarets: el Lyon d´Or y el Iris. Su función era alegrar las anochecidas y madrugadas de la blanca picaresca provincial, comentando las bondades torneadas de Antoñita la de la Pulga. Se conoce que mi abuelo visitaba aquellos modernos establecimientos en la sesión de tarde, más que nada por distraerse el hombre en aquel León provinciano, donde, años después, en la misma calle solamente existía una boutique prêt a porter, cuyo nombre anglosajón no recuerdo. Nadie sabía pronunciarlo.

Pero las obras provocadoras de malos modos ciudadanos, no sólo se dedicaron a remodelación y necesaria peatonalización. Fueron más allá, lavando la cara de los hermosos edificios de las primeras épocas del siglo XX; aquellos que dieron un carisma especial a la ciudad. Personalmente me di cuenta de que existían una vez finalizadas las obras. Anteriormente no me había fijado en ellos. Pasaba de largo mirando los escaparates de la Pastelería Reyero, el Bazar Torres o los portones coloristas de Viajes Meliá. Tuvieron que transcurrir décadas hasta que me di cuenta de que había vivido en un ´carrer` emblemático, donde mucho tiempo atrás, según la historia, se levantaba un hotel de grandilocuente nombre: Hotel Inglés. Pero la nueva puesta en escena de la Calle Ancha hace veinte años, no sólo aportó un atrezo diferente a la vía que conduce a la catedral. Hoy, en agradable maridaje, se unen turistas a los que se intuye por sus formas un buen nivel cultural y social, con nativos que recuerdan la burguesía y clase media hoy prácticamente desaparecidas por razones que no vienen al caso comentar en esta ocasión. Que sea por muchos años, para bien de la ciudad y de quienes nos visitan con grata sorpresa. Mucho se trabajó para que así fuere.

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