Diario de León
Publicado por
EMILIO GANCEDO
León

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A la misma hora en que Rajoy apretaba el botón rojo del 155 —tres números cuya suma matemática ofrece un resultado, a partes iguales, de miedo y de vergüenza—, la piqueta echaba abajo algunos de los más importantes edificios mineros de la Montaña Central, restos de un tiempo clausurado, de toda una cultura caída bajo la guillotina de las cuentas de resultados. Claro, sale más barato traer el carbón de fuera. Como pasa con todo. Pero pocos hablan de ello, nadie se ha manifestado en contra, aquí paz mansa y después, quizá, la gloria de los muertos. Sí se debate, en cambio, de banderas y orgullos patrios. Y mientras este gobierno central (y otros autonómicos) ha sumido —digámoslo de nuevo— nuestro medio rural y extensas áreas de otras zonas interiores españolas en la ruina completa, en la más triste e injusta despoblación, puro silencio con resultado de multiplicación de olvidos e incendios, gallea ahora en foros internacionales, ufano por aplicar la ley como un sheriff de piel tostada.

Parece una broma cruel que una gente que se ha mostrado incapaz de hacerse cargo de un gobierno tome las riendas de otro. Suena a despropósito que el partido con más casos de corrupción en su seno acuda a reemplazar a su contraimagen catalana (también apandador, irreflexivo e irresponsablemente precipitado), o que los responsables de TVE vayan a dictar lecciones de transparencia informativa a la casa de TV3. Todo raro y triste porque es un puro baile de poder al estilo de las grotescas máscaras del Hop-Frog de Allan Poe.

De todos modos, en lentitud, torpeza y extraña habilidad para tomar decisiones contraproducentes —siempre diestro en arrojar garrafas de combustible sobre brasas al rojo—, me temo que gana por una cabeza nuestro querido presidente con sus acólitos. Especialmente por sus administraciones tan, cuando menos, personales, de la ley, contestadas y rebatidas por no pocos juristas. Desde ahora, el 155 nos sobrevolará a todos cual espada de Damocles, y ya hay quien reclama su uso a discreción como el bálsamo de Fierabrás contra quien piense distinto.

«Cuando vinieron a llevarse a los Jordis, guardé silencio, porque yo no me llamaba Jordi....». Ya saben, como la cita de Martin Niemöller. Pues eso.

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