Diario de León
Álvaro Caballero
León

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A última hora de la tarde, baja el viento enrabietado por la collada y de un manotazo deshuesa las ramas de los frutales como si reclamara una herencia tras meses sin poder cobrarla. Las hojas, amarillentas y caducas, fuera de su calendario, se desgajan con indolencia, se persiguen en círculos hasta hallar cobijo en el suelo y terminan repartidas sin concierto, como juguetes en la alfombra de un niño. Ahí quedan, en silencio. Pero es una quietud cínica, una pose, una trampa para emboscarse a la vista de todos. De pronto, prestas para mordisquear las suelas de los zapatos, activan sus bisbiseos bajo los pies para delatar a los paisanos que vuelven por el camino del cementerio de curiosear las tumbas de sus difuntos: arrancar los hierbajos al pie del panteón, segar las ortigas que se enseñorean en las esquineras de las tapias del camposanto, lustrar la lápida con un paño húmedo para que el musgo no roa la piedra, encajar la cruz que se ha desprendido de la sepultura, poner unas flores en el búcaro tomado por los líquenes. Todo en su sitio. Nada fuera de lugar. Un año más, con los Santos honrados y los más remolones ya dispuestos pese al buen tiempo para echar la llave y trancar la casa, el pueblo se prepara para enterrarse en sí mismo hasta que lo despierte la próxima primavera.

Ahora, en decenas de pueblos de la provincia leonesa, sobre todo en la montaña, «la noche queda para quien es», como sentencia el narrador de La lluvia amarilla, el monumental testamento de la despoblación escrito por Julio Llamazares. Apenas quedará alguien de aquí en adelante. Ya no habrá quién guarde turno para velar la hornacina de la virgen. La imagen, que pasa de cocina en cocina cuando hay más postigos abiertos, se resguarda ahora en la única casa que queda de vigía, como atestigua la procesión blanca del humo que se escapa al liberar el tiro de la chimenea. No hay nadie para abrir por la mañana las portezuelas de la capillina, ni para entornarlas al atardecer, ni para rezar una oración por los enfermas y los hijos, ni para colar unos céntimos por la ranura que se dibuja al pie del altar en el que luce la figura, contemplativa y desvaída por el paso del tiempo, que durante décadas fue testigo de la vida privada de las familias que se arropaban en torno al calor del hogar. Si pudiera hablar esa virgencina... Si pudiera, nos descubriría por qué no nos quisimos quedar.

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