La Constitución
E scribo esta columna desde Cádiz, la bella ciudad liberal. En la que nacieron tantas personas ilustres, tantos intelectuales, creadores y políticos. Como el gran Emilio Castelar. Políticos que eran patriotas constitucionales mucho antes de que esa expresión existiera. Cádiz, donde nació Manuel de Falla y donde se fundó la nación española, la que define la Constitución de 1812, en la que, por cierto, tuvieron gran protagonismo algunos diputados catalanes.
Cádiz al otro lado de la ventana. La ciudad alegre, sencilla, cariñosa y acogedora. La ciudad con más sentido del humor de Europa, la que mejor sabe reírse de sí misma, la que convoca la sonrisa en todas las personas de España con solo decir su nombre. Pues bien en esta ciudad, que es la más antigua de Occidente, y a la que tanto viajo y quiero, he coincidido en el tiempo con estas jornadas tan brutales, que todos hemos vivido. Con los días del crimen político. De la sinrazón, la mentira, el robo y el desprecio. Con los días del rencor y del cruel esperpento de unos políticos descabellados, malvados cabría decir. Que a sabiendas de que actuaban tan ilícitamente, han puesto a la vieja nación española al borde de una tragedia absurda e inimaginable. Regida desde el mal. Porque buscar el dolor de las personas, la división y el odio es actuar desde el mal.
También en Cádiz, cerca del Oratorio de San Felipe Neri, donde se promulgó la Constitución de 1812, he pasado de la indignación y la tristeza, a la esperanza y la alegría. La misma alegría que sentí el 23 de febrero de 1981, como tantos millones de españoles, cuando se vio que el golpe de estado de los militares fascistas fracasaba. Ayer fracasó el golpe de estado del fanatismo secesionista.
La democracia, la ley y tres fuerzas parlamentarias que representan al 70 por ciento de los españoles, han liquidado la criminal insurrección. Ahora vendrá para esos cínicos y contumaces delincuentes el tiempo de la merecida cárcel y de la ruina económica y social. Destino justo para quienes han buscado desde el desprecio, el rencor, la manipulación y la mentira, la dramática división civil entre catalanes. Y la ruptura de una vieja y gran nación que tiene ya más de 500 años de existencia.
Solo me queda añadir que los equidistantes, los que meten en el mismo saco a los dirigentes demócratas y a los golpistas, a las víctimas y a los culpables, son o bien unos absolutos analfabetos políticos, de lo que deberían curarse pronto, o unos cómplices de hecho de quienes han querido llevar a la nación a la catástrofe. Ojalá esa parte de la izquierda española que aún simpatiza con el secesionismo –caso único en el mundo- abra los ojos. En todo caso, desde la bella y atlántica Cádiz, desde esta ciudad sabia, ardiente y luminosa que es una de las patrias del flamenco, música de dolor, misterio y gozo, ¡Viva la Constitución!