MARINERO DE RÍO
Dos Españas
Hace unas semanas, cierto extranjero me pedía —casi suplicaba— que le explicase cuántas Españas había, a la vista de esa ensalada noticiosa de tan difícil digestión que en torno al asunto catalán se está sirviendo en medios de comunicación de medio mundo. Y yo ya iba a entrar como un miura en el tema de los viejos reinos y de las nuevas comunidades cuando decidí pararme a pensar. Y después de un rato no pude por menos que reconocer que, de nuevo, estamos ante dos Españas.
En realidad no hay dos sino muchas, claro. Según el último recuento, 46.468.102, ciudadano arriba, ciudadano abajo, ya que cada uno de sus integrantes defiende una idea meridiana del Estado en el que reside más o menos contento o al que detesta, según los casos. Pero para el asunto que nos ocupa, bien pueden reducirse a dos: viajemos a ellas en dos rápidos sobrevuelos. La primera es una España que se piensa a sí misma uniforme y monolítica, idéntica y casi inmutable como entidad sobrenatural a través de los tiempos, y en la práctica sólo castellanohablante, para quien la sorprendente variedad cultural de su territorio equivale algo así a un pintoresco traje regional, a un tipo de queso azul o a un raro licor local. A las lenguas propias llama caprichos e invenciones, y poco menos que fanáticos a quienes las usan con toda cotidianeidad. Un gran bolsón de población mesetaria y sureña con filtraciones en la llamada periferia, y a la que últimamente hemos oído proferir toda clase de barbaridades contra los procesos de difusión y normalización de las lenguas cooficiales con el castellano.
La otra España es la que se expresa también en otros idiomas —y es enorme, se acerca a la mitad de la población, residente en algunos de los núcleos más dinámicos del país— y a causa de ello presenta una sensibilidad muy distinta ante asuntos como el multiculturalismo y la convivencia, aunque por supuesto también ofrezca excesos y pueda llegar a exudar microfascismos, yendo a caer en el pozo que precisamente critica. Esas dos Españas están condenadas, y muy pronto, a entenderse. España, o será plurinacional o federal, que en muchos sentidos ya lo es, o no será. Lo único que de verdad esperamos es que ninguna de ellas venga a helarnos el corazón.