Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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Cuenta Enric González que el novelista Marcel Proust, maniático de las palabras, esclavo de la perfección, se encerró en el segundo piso del número ciento dos del bulevar Haussmann de París después de la muerte de sus padres, se resignó a sufrir ‘los tormentos de su asma’ entre cuatro paredes y comenzó a escribir En busca del tiempo perdido, la novela de novelas.

Proust editó el primer tomo de su obra monumental, Por el camino de Swann, siete años después. Y como ninguna editorial se atrevía a publicar un texto tan alejado del gusto de los lectores de la época el genio de las letras de Francia corrió con todos los gastos de impresión.

Sí. Proust se autopublicó.

Lo que vino a continuación es historia de la literatura. La obra llamó la atención de un joven editor, Jacques Rivière, que, entusiasmado, convenció a los responsables de la Nouvelle Revue Française para que recuperaran el manuscrito que ya habían rechazado anteriormente y le dieran el vuelo que merecía.

Y así fue como En busca del tiempo perdido encontró su lugar en el Olimpo de las grandes creaciones, y así fue como su autor entró en el canon de los creadores indiscutibles del siglo XX. Un club selecto, cuajado de escritores de talento que dieron al mundo obras difíciles de leer, y tan alejadas del gusto popular que en algunos casos parecen una broma del autor hacia los críticos y los lectores que le habían encumbrado por sus textos anteriores. Me refiero, por citar el caso más extravagante, al Finnegans Wake de Joyce, que hace temblar los cimientos del lenguaje.

No he leído En busca del tiempo perdido. El Ulises de Joyce descansa plácidamente en mi salón, a la espera del momento adecuado. Admito que se me atragantó El ruido y la furia, de Faulkner, tan innovador. Y siempre he pensado que antes de darle una oportunidad a David Foster Wallace tenía que leer a otros autores que depuran más las palabras.

Y todas esas novelas enormes, esas novelas imposibles, necesarias, se van acumulando en las estanterías de mi casa hasta convertirla en el verdadero Cementerio de los Libros Olvidados; un agujero negro que se hace más grande, más profundo, más intrincado, cuanto menos tiempo tengo de leer.

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