Diario de León

LEÓN EN VERSO

La soledad no tiene nombre

Luis Urdiales
León

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La soledad no tiene otra salida que la de la puerta entornada del anatómico forense. Así terminan casi todas las historias de abandono, de silencio entre las paredes del alma. El aislamiento es una mancha de la modernidad que ocupa todos los días del calendario, pero que florece en esta época en la que la gente resulta más proclive a asomarse al otro lado de la intimidad del prójimo, animada por la música que publicita el espíritu humanitario y afloja las corazas de la sensibilidad para que la compasión acompañe al consumismo. En Navidad se repara en situaciones que el resto del tiempo no dejan de ser igual de vergonzosas y ruborizantes para la esencia por la que debe regirse la humanidad. El próximo reto en este estado de enajenación estacional que nos aborda serán los detalles del menú de los solos durante el fin de año, igual que se ocupan las conciencias ahora de la carta selecta de la nochebuena de los pobres o las opciones culinarias que tiene Junqueras en la celda de Estremera. La soledad es un mar que sabes que te inunda cuando a la mesa navideña no llevas otros comensales que los recuerdos; la misma compañía que te auxilia en marzo; el séquito que enjuga las penas con la melancolía del otoño. Lo peor de la soledad es no tener a quién contárselo. Así gana peso entre el mix energético del combustible que alimenta el cinismo y rescata las conciencias, en ese sentido de culpa colectiva que suele esfumarse con la noche de Reyes Magos. Es lo que tiene la soledad, que no admite medias tintas entre la despedida y la ausencia. El pariente de unos conocidos se sentó una tarde del pasado febrero en el sofá de su casa, en un céntrico y populoso barrio de León; no hubo otra cuenta de él hasta que los bomberos echaron la puerta abajo bien entrado ya el verano. Al fin, tuvo suerte de que no le atropellara la soledad del siguiente diciembre, que se arrastra de la iluminación navideña como las cadenas de un condenado a muerte. Aún seguiría en la programación de sobremesa de no ser por el banco, extrañado ante la multitud de flecos que no encajaban en la frecuencia entre los ingresos de la pensión de viudedad y los gastos de la factura de la luz. Cuando entró la policía, estaba a punto de acabar la emisión del sálvame a diario.

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