Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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Sentado en una mesa del Café Mero, en la plaza Mayor de Bembibre, el pintor en ciernes Amable Arias dibujaba a los clientes cuando los veía distraídos. Acostumbrado a moverse con muletas desde que un vagón le aplastara contra un muro de niño, Amable era «muy crío de mollera», escribió mucho tiempo después, y con 23 años dibujaba a todas horas, en todos los rincones del café. Dibujaba las casas de la plaza Mayor, cuajada de soportales, dibujaba a los parroquianos y a las hijas de Mero.

Dibujaba y hablaba con Yolanda, de piel blanca, menuda y rubia, con el pelo recogido en una coleta. Le hablaba de su idea delirante de construir «una filosofía falsa, pero bien cimentada, para engañar a los filósofos y conducir al mundo a un no camino». Y Yolanda, con las mejillas coloradas, «se moría de la risa».

La luz entraba por las tardes en el Café Mero. Y eso es algo que a un pintor nunca le pasa inadvertido. La luz que se reflejaba en las piernas de Yolanda, arrodillada en una silla mientras limpiaba el mostrador. La luz del sol, que le acariciaba las pantorrillas, contó el artista.

Y había en el antiguo Café Mero un viejo cascarrabias, médico militar jubilado, a quien todos llamaban el Barbas. Un octogenario que se enfadaba, celoso, cada vez que veía a Amable sentado con Yolanda en su esquina del café. Se enfadaba tanto que se levantaba de su silla y se ponía a gritar. Hasta que Yolanda, «que tenía mucho tacto», se alejaba del pintor.

Amable Arias —fallecido en 1984 y hoy uno de los artistas más reconocidos del Grupo Gaur, forjado en torno a Chillida y Oteiza— dibujó un retrato de Yolanda Ferrero hace 59 años; una sanguina sobre papel donde se la ve joven y un poco melancólica. Cincuenta y nueve años después, aquella muchacha aún se pasa muchas tardes por la confitería de su familia, el mismo negocio que entonces se llamaba Café Mero. Y, desde que sus hijos viajaron a San Sebastián las últimas Navidades para hacerle un regalo de Reyes muy especial, tiene colgado el dibujo en la entrada de su piso.

A Yolanda, que no se ha movido de Bembibre en todos estos años, se la ve otra vez joven y deslumbrante. Acariciada por el sol. Aunque lo mejor del retrato sea que todo aquel que entre en su casa la vea siempre con la mirada de Amable.

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