Diario de León
Publicado por
Laura Pérez Macho periodista. Natural de Renedo de Valderaduey
León

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L as tardes pasaban lentamente en Renedo durante los largos meses de invierno. Los niños y niñas buscábamos ansiosos con imaginación y un puntito de picardía algo divertido que hacer, asumiendo un castigo si se nos ocurría salir del caserío y llegar hasta los parajes junto al río donde nos divertíamos tanto en los meses de verano.

Dentro del pueblo había pocos sitios donde jugar sin molestar. Si queríamos estar en pandilla había que estar aguantando la niebla y el frío, deambulando por las calles apenas asfaltadas, del frontón al bar, al portal de la iglesia, e incluso a las ruinas de la fragua que había junto al caño viejo.

Aquel plan mejoró sustancialmente el primer día que don Lucidio, el cura, que por entonces tendría cincuenta y pico años, nos invitó a entrar a formar parte de las labores de la iglesia como monaguillos y como monaguillas (sí, también las niñas), a ayudarle a colocar las vinajeras y a encender el micrófono, a pasar las hojas del libro… y después, el domingo por la tarde, a acudir a la sacristía para preparar la primera comunión.

Éramos muchos para un pueblo de apenas 150 habitantes. En el autobús escolar montábamos por aquél entonces veintiséis chavales. Llenábamos prácticamente la mitad del vehículo que tardaba algo más de una hora en llegar hasta el colegio Fray Bernardino de Sahagún, a 28 kilómetros. Entraba y salía por una docena de pueblos de la ruta del valle del Valderaduey.

Hasta muchos de esos pueblos, como Villadiego, a catorce kilómetros, acudía a decir misa don Lucidio. No era extraño cruzárnoslo por la carretera, subido en su vespino. Nos decía adiós con la mano. Alguna vez le vimos sentado en la cuneta, comiendo algo frugal que bien podía ser un huevo cocido o un cacho de pan con cualquier cosa, apenas suficiente para continuar el camino y llegar a la siguiente parroquia.

La iglesia se fue convirtiendo en nuestro centro de reunión y convivencia con el amparo y la tolerancia sabia y silenciosa de don Luicidio, que nos dejaba hacer a cambio de que viniéramos a Catequesis, le escucháramos contarnos las parábolas y recitar las bienaventuranzas; con tal de que rezáramos un poquito a la Virgen al marchar y asumiéramos sin discusión, la única premisa que él afirmaba categóricamente: que Dios era bueno y nos amaba.

Tocábamos las campanas a deshora, nos daba la risa en plena Consagración, entrábamos al Rosario a hurtadillas a hacer bromas, ensuciábamos el portal de la iglesia con pipas y chicles, jugábamos al escondite en el campanario…

Quería estar rodeado de niños y que estuviéramos libres a su lado. Instaló un brasero en la sacristía y arregló dos mesas viejas que había en el trastero para que pudiéramos sentarnos todos juntos. Al final, éramos tantos que tuvo que hacer dos turnos. Alguna señora del pueblo no lo veía del todo claro: aquello parecía ya una guardería. Pero don Lucidio seguía adelante con su plan.

No había forma de entrar en calor en aquella iglesia sin calefacción. Temblábamos de frío con el abrigo puesto y la cosa no mejoró ni cuando colocó el radiador de aire caliente que nos trajo un día de León. Así que la Catequesis del domingo por la tarde se trasladó a la cocina de casa de don Lucidio, que era la casa de su familia en la que, la mayor parte del año, vivía él solo.

Ponía lumbre y nos sentábamos en el escaño junto al fuego. Nos traía libros como los que usaban en las parroquias de León. Con ilusión desenvolvía los paquetes: «Este tiene muchos dibujos y me han dicho que gusta mucho», reseñaba. Pero era fácil mantenernos concentrados. Así que pronto aquello se convirtió en reuniones donde empezábamos cantando a coro canciones de misa y acabábamos poniendo el radiocasete de ‘Donlu’ casi a tope con música de la que estaba de moda.

Nos hacíamos mayores. Un buen día sacó del desván una especie de molde de hierro con la forma de las hostias y nos enseñó a hacer la masa de pan sin levadura, a echarlo cuando estaba bien caliente, a recortarlo para usarlo en la Comunión en todos los pueblos y por supuesto, a comernos los restos como aperitivo. Mucho mejor que comer gusanitos.

Otra vez que era su cumpleaños nos hizo chocolate, y entonces, también el chocolate se volvió una tradición. «¡Pero dejad a don Lucidio en paz! ¡Lucidio, échalas de aquí, mándalas a paseo que te invaden la casa! Ay, madre, ¡qué paciencia tienes!», le decía nuestras madres y abuelas. Pero él seguía a lo suyo. Y nosotros, con él. Leía la Biblia o las hojas episcopales recogido junto a la lumbre mirándonos de vez en cuando. Sonaba Eros Ramazz?otti y canturreábamos. Y si estaban sus sobrinos de edad parecida, Beatriz, Patricia, Alfonso, se sumaban a la cita. Era muy divertido.

Solía dejar la llave escondida junto a la puerta, pero no queríamos estar sin él en su casa. Así que le buscábamos ansiosos para hacerle venir. Solía estar en el huerto trabajando. Y muchas veces en el cementerio. Esto último era lo que más nos impresionaba. Le llamábamos a voces sin atrevernos a entrar. «Lucidio, ¿pero qué haces ahí, por qué te quedas tanto rato?». Nos explicaba que arreglaba con una azada las tumbas de las personas que ya no tenían familia en Renedo para que fueran como las de los demás.

Solíamos aprovechar el momento para —siempre sin pasar— preguntarle un montón de cosas sobre la muerte, y los espíritus, y la resurrección… Paseando entre las cruces respondía una a una las dudas de aquellos niños inquietos, morbosos y un poquito atemorizados. Estoy segura de que no era fácil para él cumplir con aquella misión. Pero siempre nos transmitía esperanza y hasta los miedos se nos quitaban.

Hay que destacar que Lucidio no sólo trabajaba de cura. Cultivaba la huerta, hacía miel en su colmenar y compartía siempre los frutos. Y lo hacía tras atender como párroco a media docena de pueblos, a los que llegaba en motocicleta, malcomiendo por el camino, entre las heladas del invierno y bajo el sol inclemente del verano. Y si de vuelta a casa encontraba a alguien metiendo leña o paquetes de hierba, limpiando las legumbres en la era, fuera quien fuera, se tiraba de la vespa y echaba una mano. Así, sin preguntar.

El cura de Renedo no hacía sermones llenos de doctrina y teología, salvo lo esencial. Nunca le escuché juzgar a nadie, ni sentenciar sobre un error o pecado de nadie, ni lejano ni conocido. No iba con su personalidad entregada, comprensiva, y con su búsqueda constante de una paz espiritual. En los pueblos, donde todos los problemas familiares acaban atravesando las paredes, él intentaba con sus medios ser parte de la solución; siendo además respetuoso y discreto.

Como amaba la naturaleza y el paisaje del Valderaduey, no podía evitar exaltar su belleza desde el púlpito. Cada primavera recalcaba que Dios nos regalaba aquel esplendor y vitalidad que florecía. Y cada invierno, nos recordaba que llegaría la primavera. Cuando había pesadumbre en la parroquia, apelaba a la solución única y mágica de la fe y del amor; al Dios misericordioso y alegre, nunca justiciero ni castigador, que nos quiere y tiene un plan hermoso aunque no siempre alcancemos a comprenderlo.

Esa fue la idea de Dios que nos intentó inculcar con paciencia a los niños y niñas de Renedo en aquellas tardes de invierno. También a todos los que tuvieron la suerte de oírlo y de saber escucharlo. Un mensaje de humildad,optimismo, abnegación y generosidad que escasea en estos tiempos y que él llenaba de credibilidad al acompañarlo con sus obras y su forma de vida.

Descanse en paz el amigo de todos, el ser humano ejemplar, el cura que supo ser portador de esperanza y amor para su comunidad. Ese era su plan sencillo y grande y pienso que lo cumplió.

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