SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS ?ARTURO PEREIRA?
Resolución de conflictos
D ado nuestro modo de vida aceptamos mal el conflicto. No cabe en la mente de personas que nos vemos acuciados por lo inmediato y sin tiempo de reaccionar ante las vicisitudes que a diario sufrimos. Buscamos una trazabilidad clara y recta en nuestro día a día.
El conflicto requiere pararse a reflexionar, analizar y finalmente tomar decisiones y ejecutar. Se podría afirmar de forma abreviada que el conflicto implica necesariamente tomarse tiempo para abordarlo e intentar solucionarlo.
Todo conflicto supone un parón en la sinergia de aceleramiento continuado de nuestras vidas. La tendencia al hedonismo que se nos ha pegado tras décadas de desarrollo económico, aunque con reiteradas crisis, hace de nosotros unos seres que repudiamos todo esfuerzo para resolver aquello que de forma inevitable se presenta como difícil de entender e incluso de resolver.
Debemos asumir que no todo conflicto tiene solución y por lo tanto debemos aprender a vivir con él. La cuestión principal radica, llegados a este punto, en el hecho de saber si seremos capaces de afrontar correctamente los conflictos que son parte de nuestro entorno de forma eficiente.
Ser eficiente supone serlo en cuanto a la resolución del conflicto y en cuanto al nivel de satisfacción que nos ha producido tal hecho. De nada nos sirve resolver conflicto tras conflicto si nuestro nivel de satisfacción personal es muy bajo o nos provoca un malestar peor del que sufríamos antes de poder resolverlos.
Son muchas las teorías dedicadas a la resolución de conflictos tanto de personas como de instituciones e incluso Estados. Los principios suelen ser muy similares y así las técnicas de resolución de conflictos familiares se han aplicado en el ámbito internacional a la resolución de conflictos entre Estados.
La mediación, negociación o el arbitraje son técnicas de resolución de conflictos que debieran ayudarnos a no soportar en solitario los problemas generados por nosotros mismos y por los demás. Siempre recurrimos a los demás para que nos ayuden. Somos mamíferos y necesitamos sociabilizarnos incluso cuando sufrimos.
En el ámbito de los conflictos sociales existen dos tipos básicos de personas. Uno, el que evita los conflictos y dos, el que permanentemente está inmerso en ellos. El primer modelo de conducta es de gente sabia e inspiradora de confianza. Saben que los conflictos vienen por sí solos sin necesidad de provocarlos y por lo tanto tienen suficiente con los que les cae en suerte.
En el lado de los instalados en la conflictividad social se sitúan los que no les gusta nada o casi nada de lo que les rodea. No les gustan sus vecinos, no les gusta su ciudad o simplemente no les gusta nada más que ellos mismos y sus argumentos que tienen la consideración de definitivos en todo aquello que tocan.
Afortunadamente son escasos este tipo de personas. Sería inviable un mundo donde abundara este prototipo. Se identifican fácilmente, además de por sus actuaciones en todo lo que suponga una intervención en contra de lo que denominan sistema, por el hecho padecer un rictus en todo su cuerpo más propio de un rigor mortis. Sería bueno que consideraran que la vida es mejor con una sonrisa en la cara y que hace muy feliz el comprender y colocarse en la situación del «otro».
Debe evitarse el conflicto y por el contrario facilitar la convivencia social en beneficio de todos. Pero, a veces es conveniente e incluso necesario, afrontar el conflicto para que la convivencia se reafirme. Las reglas están claras y ante aquellos que perturban la paz social, sus víctimas que son el resto de ciudadanos, tienen no solo el derecho sino el deber de restablecer la misma mediante la resolución del conflicto generado.