Diario de León
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ernesto escapa
León

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A menos de un mes de cumplir los 95, nos acaba de dejar Venancio Blanco, el escultor de las dehesas y de los ascetas, con la mochila repleta de premios, honores y agasajos académicos. Venancio Blanco nutrió su obra con imágenes de dos grandes temas escultóricos: el religioso y la tauromaquia. En el primer ámbito coinciden sus preocupaciones estéticas y espirituales con la renovación incorporada por el Concilio Vaticano II, sin descuidar la imaginería tradicional. Así se explican sus grandes bronces dedicados a san Pedro de Alcántara y el Nazareno.

En cambio, en sus tauromaquias, las esculturas tradicionales de tema taurino cuyo modelo había sido Benlliure, prescinde de la minuciosidad del detalle para centrarse en la búsqueda de las formas con excepcional economía matérica, siguiendo una senda cercana a la abstracción. Su larga trayectoria, repleta de exposiciones, premios y reconocimientos de diversa índole —en 2002, se inauguró en la localidad madrileña El Plantío el Museo Religioso Venancio Blanco, formado por obras sacras del artista—, refleja el arte de un escultor exquisito, que ha sabido encontrar y mantener la pureza de las formas, un optimista que estuvo siempre aprendiendo y dispuesto a empezar de nuevo.

Hace ocho años, creó la Fundación que lleva su nombre, dirigida a promover la difusión de la escultura y el dibujo en la sociedad, sobre todo entre los jóvenes y los niños. Porque el artista nunca pudo olvidar su emoción primera, cuando con 18 años una beca le permitió encontrarse con Italia, después de convencer a sus padres para que le permitieran ir “a un país en guerra”. Italia era un museo que enganchó con su seducción al niño de las dehesas, y a ella volvió tras concluir sus estudios de Bellas Artes. Una beca March fue el viático para el tercer viaje, en 1959, después de obtener el premio de la Crítica. Allí descubre la escultura en su dimensión artística y como opción de vida. Sin embargo, hasta el año 1964 no consigue viajar a Grecia, donde percibe el despojo de las esencias formales hasta la depuración total, que siempre había intuido, pero que aún no había encontrado.

Se reafirmó entonces en su voluntad radical de conseguir «que las esculturas digan algo a quien las contempla». En la década de los sesenta, se integra en el grupo madrileño Seis Escultores, una avanzadilla neofigurativa. Esta tendencia muestra interés por representar la realidad a través de formas que discurren entre la figuración académica y el informalismo. Venancio Blanco, partiendo de la tradición, busca su identidad con un lenguaje propio, renovando la escultura contemporánea e incorporando su personal expresión plástica, especialmente a través del bronce. Nos deja con su vida y su obra cumplidas.

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