Diario de León
Publicado por
Julián Álvarez González Centro ALOIS Cognitiva
León

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C uando nuestros antepasados imaginaron la jubilación tuvieron en cuenta algunas situaciones muy concretas, como la indefensión de los trabajadores pobres y envejecidos, pero también vislumbraron un sueño, pensar en un estado de «solidaridad con la vejez», así como también de bienestar, donde la jubilación podría convertirse en un momento de la vida donde cada uno puede tener derecho a la pereza, así como también de bienestar donde se podrá llevar a cabo el ocio creativo, hasta ese momento reservado a las clases sociales altas.

Sin embargo estamos viendo la dificultad de disfrute del ocio en la jubilación para la gran mayoría que además de no estar preparados para ello, no disponen de recursos económicos siendo sus pensiones cada día mas precarias e indignas.

No cabe duda pensar que el fin de la vida laboral es un respiro para muchas personas, pero para otras puede ser un trauma y el comienzo de una etapa muy difícil, donde además de solos no se sienten útiles ni valorados.

Los hay que esperan la jubilación con alegría, otros que la temen y otros que la encajan sin pena ni gloria. Aunque su llegada puede afectar de forma diferente a las personas, es innegable que se trata de un etapa en nuestras vidas que implica un cambio radical y que requiere tiempo para su adaptación, pues durante décadas uno dedica gran parte del tiempo al estudio, al trabajo y la familia, con sus horarios, jerarquías y responsabilidades, pues el trabajo es una de las referencias primarias a la hora de indicar quienes somos. Por esta razón el trabajo define algo más que un rol. El trabajo nos provee de una serie de referencias vitales entre las que destacan el núcleo de relaciones sociales, los objetivos y las expectativas de desarrollo personal y económico, el estatus y la influencia a los que podemos acceder y una cierta rutina con la que armamos nuestra cotidianidad.

Factores que indudablemente inciden sobre la autopercepción de eficacia, valor y estima personal. Jubilarnos, por esto, supone una serie de cambios en la dinámica diaria, en la relación con los otros, y fundamentalmente en la representación de nosotros mismos.

El pasaje de la vida laboral activa hacia la jubilación pude ser parte de una crisis personal esperable o no que implicara perdidas, cambios y logros en los que se deberán configurar una nueva lectura de uno mismo y así poder imaginar opciones de vida.

Este cambio puede ser vivido mas como una ruptura que no le permite al sujeto reconocerse en ese otro, «el jubilado», al cual se lo piensa e imagina como despojado de ciertos roles y atributos personales esenciales, y donde el futuro no parece posible, ya que nada resulta digno de interés.

A veces la jubilación parece no poder anticiparse, programarse ni elaborarse, lo que puede dar lugar a un conjunto de malestares psicológicos, al que llamamos jubilopatia o síndrome jubilatorio, que incluye la depresión, la ansiedad y, en casos extremos hasta el suicidio.

Algunas personas jubiladas padecen de este síndrome, es decir, se sienten abandonadas, viejas y relegadas. Tienen la idea equivocada de que ya no sirven para nada y que no son útiles como consecuencia de una sociedad decadente, materialista y enferma que oculta y margina a los mayores.

Además, la sociedad en general y la familia en particular, en lugar de hacerles sentir mejor, les excluyen y hunden en la tristeza, no dándose cuenta los afectados de que están viviendo con este síndrome y creyendo que es normal sentirse de esa manera.

El rol del jubilado justamente fue definido como un «rol sin rol», lo cual abre espacio a la creatividad pero también a la desorientación. En este sentido existen diferencias de género. Las mujeres por ejemplo, se adaptan mucho mejor al retiro. La explicación se encuentra en una cultura que la demanda más a la mujer una dedicación prioritaria al hogar, incluso trabajando y con la doble tarea que ello implica, mientras que a los varones se les exige logros en el espacio externo y especialmente en el ámbito laboral.

Hoy también sabemos que ciertas condiciones de jubilación favorecen el padecimiento psíquico como por ejemplo aquellas personas que por diversas razones llegan al retiro antes de lo previsto de manera coercitiva, o las que no son acompañadas por sus empresas o no promueven algún tipo de continuidad. Aunque también es importante remarcar la incidencia negativa de las privaciones y limitaciones económicas que producen la mayoría de los retiros, por los graves desfases y desajustes entre el sueldo ya por si deficiente y el haber jubilatorio.

También debemos tener en cuenta, el malestar de aquellos cuyos encuentros sociales dependían de su ámbito laboral o cuya justificación vital o valoración de si mismos provenía básicamente del trabajo. Para que la jubilación pueda expresar algo de júbilo que alberga esta palabra, deberá estar acompañada de condiciones que la favorezcan.

Ante este panorama, cabe preguntarse si el asunto de la jubilación es un proceso solo personal o debería estar acompañado por el Estado.

Consideramos que el sistema de Protección Social debería respaldar este pasaje. Los cursos prejubilatorios que venimos impartiendo desde hace años en nuestro centro son una opción ya que enseñamos y acompañamos a la persona acerca de los cambios que se producen o producirán con la jubilación, así como a conocer más sobre la etapa por venir y las alternativas con que cuenta. Diversas investigaciones que hemos realizado, nos indican que la jubilación puede ser un espacio de ampliación de horizontes, de nuevas relaciones, de mayor dedicación a los afectos y de un aumento de la creatividad, pero para ello es importante acompañar a estas personas en estos tramos vitales y poner las condiciones necesarias para facilitar el bienestar biopsicosocial de nuestros mayores jubilados, quizás así el sueño de nuestros padres y abuelos que dieron lugar a nuestra jubilación, se pueda cumplir.

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