Diario de León
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c Cristina Castro escribe con el título ‘Oprimir para liberar’: «Hace unos años los niños solían aprender en las escuelas cómo los políticos modelan su lenguaje usando eufemismos para cambiar nuestra versión de la realidad, orientándola en su beneficio. Sin embargo hoy en día el discurso eufemístico parece haber salido de la política para atrincherarse en nuestra vida. Cada día que pasa somos más y más redirigidos hacia ciertas expresiones y palabras que supuestamente han de servir como lucha y medio de integración de aquellos colectivos que a lo largo de la historia han sido mas oprimidos. Esta es una noble obra pero tiene unos medios incorrectos. No es demasiado lógico luchar contra la opresión histórica oprimiendo a aquellos que desean hablar utilizando sus propias palabras, da igual lo malo que estas sean, necesitamos elegir nuestras propias palabras porque los sinónimos perfectos no existen, todas las palabras tienen significados y connotaciones que las diferencian de las demás, y afortunadamente podemos usar tal variedad para elegir la que más se acerque a nuestros sentimientos. Si censuramos palabras, censuramos sentimientos, y si censuramos sentimientos estaremos sembrando la semilla de una revolución que nadie se espera. Si la gente votó a Trump, fue por algo».

c Luis Alberto Rodríguez Arroyo titula su escrito ‘Me enseñaron a querer más’: «Hace ya 22 años que finalicé mi formación universitaria, y 17 desde que acabé la especialización de posgrado. En total fueron 21 años para ser lo que siempre quise ser. Uno no es consciente mientras cursa sus estudios, de cuán importante pueden llegar a ser cada una de las materias. Me explicaron Ciencias Sociales y Naturales, Matemáticas, Lenguaje, una segunda y hasta una tercera lengua. En aquel momento no encontraba acomodo a las ecuaciones o a los logaritmos, a los clásicos o al latín en mi imaginario futuro profesional. De hecho muchas de las cosas que estudié ya las he olvidado, no por falta de interés, sino por desuso. Pero sería absurdo clasificar las asignaturas cursadas entre útiles o lo contrario. Todo aquello fue útil en su justa medida. Pero quizá el mejor poso de aquellos años no fue cada asignatura por separado, o cada docente de forma aislada, sino que todos ellos trataron de inculcar en mí la curiosidad y la inquietud por saber. Eso es lo que me permite seguir siendo lo que siempre quise ser, y la asignatura que pretendo legar a mis hijos. No sé si seré capaz de estar a la altura de mis maestros».

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