FUERA DE JUEGO
Neocaciquismo
En mi tierra durante décadas, en todas las bodas y bautizos, era obligado el facilitar a los invitados el llamado «Winston americano». Me viene a la memoria que, como en la serie Fariña, el asunto tenía un carácter de pseudooficialidad porque todos en la ciudad sabían —incluso los chavales— en qué quiosco se compraba, o se encargaba si era mucha la cantidad. Mis recuerdos sí difieren en algo con el guión televisivo. El tabaco de Canarias era más barato al tener menos impuestos. Pero el americano era más caro y se pagaba y se obsequiaba con él porque era infinitamente mejor que cualquier rubio español sobre el que se decía que era «pura paja» que ardía como la gasolina.
Fariña exhibe el caciquismo que se arrastra en España desde, al menos el siglo XIX, y que poco o nada ha cambiado en múltiples casos y territorios.
La serie coincide en el tiempo con el juicio de los milmillonarios eres andaluces, que tantas voluntades han comprado, pero también con los máster de quita y pon que han sacado a la luz las vergüenzas tantas veces denunciadas sin éxito sobre el clientelismo y la endogamia del mundo universitario.
En España parece que llevamos en el ADN lo de buscar el atajo, el amigo, la trampa, y eso incentiva un régimen de peajes en el que se otorga un poder creciente al que controla la barrera. En el llamado desafío catalán hay mucho de todo esto y también en incontables alcaldes y sindicalistas que se convierten en conseguidores cuando se hace necesario. La Universidad en España no está sometida, como dicen, al poder político. Actúa encubierta en una especie de velo generado por los complejos que dejan tantos años de dictadura y la bandera de la ‘libertad de cátedra’ para vivir como reinos de taifas capaces de pasar del amor al odio según salgan caras o cruces en los dineros disponibles.
Estos días en la provincia vuelven los agoreros con que viene el lobo de la muerte de las juntas vecinales. El estatus vigente tiene beneficiarios concretos y se combate cualquier atisbo de cambio. Intentar generalizar el buen funcionamiento que tienen una minoría de concejos sólo sirve para dar cobertura al neocaciquismo teledirigido desde las ciudades. Ese que hace y deshace en cotos y sotos, y que cobra por hacer papeles y que logra que las cosas sigan igual en los pueblos —deshabitados—, y eso sí desde el móvil. Qué imagen la de Martín Villa llevado en volandas para no pisar el barro...