El voto delegado
E s un arma de doble filo y por los dos lados corta más que por el otro. Ahora que los bancos, que siempre han tenido el corazón de piedra, recuperan la confianza del consumidor, los españoles pedimos más créditos que nunca. Lo único malo que tienen las deudas es que hay que pagarlas. Si son sólo una amenaza se soportan bastante bien viéndolas crecer.
La indudable mejora de la situación económica ha hecho crecer la demanda. Confían en nosotros porque saben que nos tienen bien atrapados. La necesidad bancaria de ganar clientes y la liquidez más barata está llevando a muchas familias a comprar. «Enhorabuena al que compra, no al que vende», se suele decir en muchos lugares, aunque no siempre estuvieran ocupados por los fenicios, que fueron los inventores de la moneda y el primer pueblo que le metió un remo al agua.
El auge del mercado inmobiliario ha fomentado la delegación del voto, al grito de «el que venga detrás, que arree». Incluso el Partido Popular está ayudando ahora a la formación de un Gobierno en Cataluña. El Gobierno actual y los partidos que defienden la Constitución no se muestran partidarios de la batalla judicial contra los separatistas. Quizá sepan que si la dan, la pierden. Así que es mejor delegar en otros. Unicamente Ciudadanos parece haber comprendido, que no es igual que entendido, que la manía nacionalista se vuelve una pandemia. Buena parte de los votos del PP van a parar a Ciudadanos, según dicen los espeleólogos. Rivera aún no ha decepcionado a nadie, pero todavía está a tiempo. «A las promesas miro como a espías», dijo Quevedo, pero nuestros políticos no leen porque siempre están hablando y no se pueden hacer las dos cosas a la vez. Y además tienen que reservar parte de su tiempo para quejarse, que al parecer consuela mucho, aunque sea cosa de bellacos.