Diario de León
Publicado por
MARÍA J. MUÑIZ
León

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La manada tiene la fuerza del grupo, el instinto animal del poder numérico frente a la presa a la que ha decidido acosar. No le hace falta tener motivo, le ampara suficientemente la irracionalidad y el olor a sangre para creer que puede hacer cuanto se le antoje. Lanzarán bocados jaleados por la baba carroñera del resto del grupo. Desde luego, aullarán con mucha más fuerza y volumen que sus víctimas, en su propia borrachera de estúpido sentimiento de superioridad se darán fuertes palmadas en la espalda, jalearán sus dudosos méritos y arrinconarán su complejo de inferioridad en el alirón entonado en el grupo.

Un grupo en el que, sin embargo, todos se miran de reojo. Si la manada es irracional, interesada, traicionera, intolerante y miserable por definición, nadie podrá fiarse nunca de sus compañeros de fechorías. Por eso las manadas tienden al final al canibalismo. A devorar al más débil si fueran sólo animales en busca de supervivencia física; pero a expulsar al más fuerte cuando es la podredumbre interior la que domina, para que ninguno rompa el cordón umbilical de la mediocridad que les integra. Hoy verdugo, mañana quizá víctima. El caminar trastabillado del rebaño en la cuerda floja de intereses casquivanos y volátiles, al servicio de los más manipuladores. Que, si llegado el caso son expulsados de la manada, encontrarán pronto a otro enjambre en el que inocular sus artes infectas.

No estoy hablando de los violadores de los sanfermines. Me preocupan, en la misma medida en la que me dan lástima, las manadas que nos rodean en el día a día. Los acosadores en el colegio y en el trabajo, los manipuladores en las pandillas y en las asociaciones, los pobres de corazón que lamen sus heridas haciendo daño a otros.

Nunca es agradable ser víctima de las manadas, pero los depredadores tienen grados en nada comparables. Frente a lo desmesurado o delictivo sólo cabe el puño de la ley, que como acabamos de comprobar tiene muchos matices que pulir.

El fenómeno ni es nuevo ni tiene fin. No es nada en lo que no hayamos pecado alguna vez como miembros ni hayamos sufrido otras como víctimas. Manadas que me recuerdan a menudo la canción de las moscas de mi admirado Alberto Cortez. «Inevitables golosas, que ni labráis como abejas ni brilláis cual mariposas. Pequeñitas, revoltosas». Moscas.

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