La verdad les pertenece
S egún un hecho sociológico estudiado, cuando la política se bloquea y no ofrece respuestas a la sociedad, la gente tiene más ganas de movilizarse. Tal parece el caso de la actualidad. Mírese a izquierda, derecha o centro, unos y otros intentando salvar sus muebles de la riada, sometidos a la inacción y la convergencia del oportunismo.
Según deducción extraída de sus infinitas declaraciones, contradeclaraciones, ajustes a lo que dicen ser malos entendidos y falsas interpretaciones negando con sublime cinismo las evidencias, aceptan de partida la existencia ya vergonzante de la corrupción, la regresión de derechos y libertades y la transigencia de la injusticia como método. Pero hay que buscar un culpable. Ahí está la clave. Y se abren las puertas de la mierda esparcida por los ventiladores de la palabra inundándolo todo de olores insoportables. La eterna y repetitiva cantinela de la política española de los últimos tiempos, llena de embadurnes sin soluciones.
Defendiendo los intereses privados y partidistas, cobran además por decir atender los intereses públicos. Algunos dirigentes piensan y actúan como si todo lo público les perteneciese. Nada de extraña tiene la percepción de que la democracia se está yendo por las cloacas. Mientras, según dejó escrito M. Ende en La historia interminable , «el humano sin esperanza es fácil de controlar y aquel que tenga el control tendrá el poder».
Llama la atención en este contexto la figura que los partidos crean para la respuesta. Cuando un oponente hace declaraciones con las que no están de acuerdo, postura muy legítima, rápidamente aparece el personaje: «Fulatino no tiene ni idea. Ni idea. Pero que ni idea». Es el único y más sólido argumento. No hay más. Palabra de dios.
Suelen utilizar para tales menesteres de defensa de las ideas a los que carecen de tales prendas, por aquello del atrevimiento, que les lleva a dirigirse como si tal cosa a los asistentes a un congreso de biología molecular o a explicar a los especialistas la rima asonante en Lope de Vega. Es un decir. Lo que no es un decir es la petición de la necesaria cordura a quienes buscan la crispación permanente como fuente de actuación pública. Necesitamos tranquilidad y templanza, sobre todo cuando constatamos una absoluta falta de diálogo y de capacidad para aceptar el punto de vista del otro. En el fondo no es más que un pequeño detalle de educación y respeto. ¿Acaso la verdad les pertenece?