Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Acabo de regresar del lugar del que Cervantes no quiso acordarse. O al menos, de uno de los posibles. He participado en un congreso cervantino en Quero, una pequeña localidad manchega de unos mil habitantes. No creo que el emperador de Trapisonda hubiese sido mejor agasajado de lo que lo fuimos los ponentes. Eso sí, la hospitalidad a la que me refiero no necesita trompetas ni oropeles, pues es la eficacia de la gestión y el gesto. Un presupuesto económico acorde resulta necesario, pero aún más las personas adecuadas en los lugares oportunos. Tuve la ocasión de mostrar mis respetos a Alfredo Alvar, cuya biografía de Cervantes me encanta. Y a Pedraza Jiménez, autor de Cervantes y Lope, historia de una enemistad. También conocí al profesor Leoncio Alonso González de Gregorio-Álvarez de Toledo, duque de Medina Sidonia, de ancestros leoneses. Mi mujer le hizo reír con nuestro dicho sobre el dedo de Guzmán el Bueno, fundador de la ilustre casa: «Si no te gusta León, ahí tienes la estación». Compartir unas gachas caseras con él recalca lo que vengo manteniendo: el mejor patrimonio es la persona. Encantador y accesible. Por cierto, ayer este periódico publicaba una información sobre el bombardeo al que someten las palomas a dicha escultura.

El alcalde de Quero, José Rubén Torres, asistió a las ponencias. Me confesó que no se había leído entero el Quijote. Le dije: «Lo importante es que estás contribuyendo a que los demás lo hagan». En el acto de apertura del congreso estuvieron todas las instituciones, presididas por Collado Yurita, rector de la UCLM. El viceconsejero de Cultura, Jesús Carrascosa, aventuró que el caballero andante hubiese arremetido hoy contra las manadas del machismo y también hubiese intentado ayudar a los emigrantes. Me acordé de que Andrés Trapiello escribió que a Cervantes no le hubiesen concedido el Cervantes.

Finalmente, el director del curso, Víctor Raúl López, me llevó al Toboso para saludar a Dulcinea. Y a Campo de Criptana, donde don Quijote convirtió los molinos en gigantes. Sí, el primer patrimonio de una tierra es su hospitalidad. Ahora que vamos a ser ciudad de congresos conviene que no lo olvidemos. Primero, hospitalarios. Luego ya, todo lo demás.

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