Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Hablemos de prejuicios. Hace meses me planteé contactar con el escritor leonés Andrés Trapiello, para comunicarle mi admiración por su ensayo Las vidas de Miguel de Cervantes, y hacerle una pregunta sobre esta obra. Solo había hablado una vez con él, hace años. Tenía su teléfono, pero me echaba para atrás saberle algo distante y altivo. ¿Saberle? Nada que hubiese leído suyo o que hubiera escuchado acerca de él me permitía concluirlo. Me atendió muy amable. Quizá sea inevitable tener prejuicios, pero nuestro deber es desprendernos de ellos en cuanto intuimos o comprobamos que lo son. En 2013, en una entrevista en Jot Down, firmada por Albal y Baltar se le pregunta: «Pasaste seis años en un internado de León, en un ambiente gris, triste, dickensiano». Y él aclara: «No era exactamente un internado gris, triste y dickensiano: al contrario, era un edificio de arquitectura moderna, con piscina, aulas, cine propio, pasillos y dormitorios muy luminosos, y bastante divertido para un niño, mucho deporte, mucho teatro y mucha música (…) Excepto dos o tres frailes, verdaderamente demenciados y violentos, la mayoría eran buenas personas y los recuerdo con afecto». Peor que el error es empecinarte en el mismo, una vez tienes la información correcta. A Trapiello dicha aclaración le honra. Otros hubiesen sollozado: «sí, sí, ay, muy dickensiana, digna de Oliver Twist». Y eso que en una de las fotos que ilustran la entrevista se observa que en despacho tiene un retrato del escritor inglés. Pero ¿qué somos sin la verdad?

Leo que Alfredo Alvar acaba de sacar Felipe IV, el grande, sobre quien considera pesa el sambenito de «rey pasmado», contrario a su gran valía como monarca y persona. Los prejuicios nos vuelven injustos; aferrarnos a ellos, además, necios. Abramos nuestra mente al aprendizaje, única manera que un adulto tiene de crecer.

Al terminar nuestra conversación telefónica, en la que le hablé también de mi propio trabajo cervantino que motivaba la llamada, se despidió con un cercano y afectuoso: «Adiós, y mucha suerte con tu ensayo». ¿Distante y altivo alguien se despide así de un desconocido, aunque sea paisano? Y un cuerno. Lo mío era un prejuicio. En efecto, mucho mejor la verdad.

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